El origen del mal

Todo esto empezó… No lo sé exactamente. Me aburría. Estaba en casa, tirada como una colilla en el sofá, y mi pasional relación con mi último hobby, hacer bisutería, había llegado a su abrupto fin con un “joder, esto es un rollo”. Siempre me pasa lo mismo, cojo un nuevo hobby con muchísimas ganas, me pongo a pintar cuadros, a componer música, a pintar figuritas de plomo, a aprender a tunear fotos con el Photoshop, a hacer anillos y collares… Y luego me canso y, claro, un hobby tiene que hacerse por placer, no por obligación. Y lo dejo. A tomar por donde amargan los pepinos.

A lo que iba, me metí en internet y encontré un concurso de microrrelatos. ¡Microrrelatos! ¿Qué es eso, escribir novelas en una servilleta? Pues no, son relatos muy cortos, como mucho de 150 palabras. Nunca me había planteado escribir, siempre pensé que no tenía paciencia para ello. Vamos, si no había tenido paciencia ni para terminar el último anillo… ¿Cómo iba yo a escribir más de tres páginas sin cansarme? Pero 150 palabras cochambrosas, con eso sí que podía, ¿no? Total, que me lie la manta a la cabeza y en diez minutos lo tenía terminado. Esto de los microrrelatos tiene su gracia, no te creas… Bueno, no es como saltar en paracaídas o enrollarse con alguien en un baño público (limpio), no quiero crear falsas expectativas, pero está bien para pasar el rato. Como me estaba entreteniendo, busqué un poco más y encontré tres o cuatro concursos más. Hice otros tantos microrrelatos y los envié. Incluso envié un nanorrelato (máximo diez palabras, incluyendo el título, y que tenga algún sentido). Creo que me salió un troncho de esos que tiras de la cadena y no se van, pero a mí me hizo gracia. Al final pasé una tarde entretenida, luego me olvidé del tema y seguí con mi apasionante vida de agente secreto en un país de Europa del Este (sí, es ironía. Soy gimnasta olímpica).

Al cabo de unos meses me llegó la agradable y sorprendente noticia de que había ganado uno de los concursos. ¿Es que sólo había participado yo?, fue lo primero que pensé. No recordaba haber enviado ningún jamón al jurado, ni nada… No, si al final iba a resultar que no se me daba tan mal, y eso que yo soy de ciencias. Total, que volví a entrar en internet, me apunté a ciento, la tira y más concursos de microrrelatos (no me planteaba nada más largo porque no me veía capaz), y así empecé a escribir.

La revolución llegó cuando me quedé embarazada. Cuando cogí la baja de maternidad me encontré con un montón de horas muertas y un dolor de espalda de espanto. ¿Qué podía hacer con tanto tiempo, aparte de llevar una manicura impecable? Un día cogí el portátil por el pescuezo y me puse a escribir, y a escribir, y a escribir… Y, hostia, de repente tenía una novela. Se la di a leer a mi pareja, que para eso le pago, a ver qué le parecía. Tengo que aclarar que el embarazo tuvo extraños efectos hormonales en mí, me pasé los nueve meses en un continuo estado de euforia con frecuentes ataques de risa que hacían que mi tripa se sacudiera con una intensidad de 8 grados en la escala Richter, así que cuando mi pareja me dijo “¿Pero es que no pasa nada malo en todo el libro?” sólo pude hacer una cosa: partirme de risa. Bueno, la novela se dejaba leer pero no me iban a dar el Nobel por ella, así que creo que anda sumida en la oscuridad de algún cajón. No, no te la dejaré leer. No insistas.

¿Que cuánto tardé en escribirla? Pues no lo controlé mucho, cuando la empecé me veía los pies y cuando la llevé a imprimir, ya no. Dos o tres meses, creo.

Total, al cabo de poco di a luz a una niña preciosa que de tanto reírme en el embarazo salió agitada pero no batida, y durante la baja de maternidad… Escribí mi primer libro en serio.

¿¡Durante la baja de maternidad!? Te estarás preguntando qué clase de madre soy, y te lo diré sin paños calientes. Una que no dormía. ¿Que cómo lo aguantaba? Mucho cola-cao.

No me preguntes cómo lo hice, porque aprovechaba cuando ella dormía para escribir, pero ahora no recuerdo cuándo dormía yo… Tengo que decir que la niña dormía como un angelote, así que tenía bastante tiempo, y así di a luz a mi segundo hijo, casi 700 páginas de “ladrillo”, una vez impreso. ¡No tenía ni idea de lo que podía llegar a enganchar esto!

Tengo que decir que le iba enviando lo que escribía a una amiga mía que, como yo digo, se ha leído hasta el agua de los floreros, y me sentía presionada para enviarle más y más. Igual le enviaba diez páginas con todo mi amor y al cabo de media hora me escribía: “a ver cuándo me envías más, que me tienes en ascuas”. ¡La madre que la matriculó, qué sargenta (Miriam, si me estás leyendo, te agradezco tus críticas y consejos)! Y yo, tonta de mí, me ponía a escribir más y más para tenerla contenta.

Desde entonces he escrito sin parar, es que no puedo, tengo como una incontinencia verbal que tiene que salir por alguna parte. Al principio era fantasía medieval, luego las historias de una arquitecta en paro, después una especie de thriller con dos historias que se entrelazan, una en el presente y la otra en la época victoriana…

Tengo que decir que mi pareja ha afrontado mi última y, al parecer, definitiva afición con mucha paciencia. Algún momento tenso hemos tenido pero, al fin y al cabo soy una mujer, puedo escribir, vigilar a la niña y mantener una conversación, todo a la vez. Más o menos.

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