Año nuevo, tortura nueva

Ayer tomé una decisión que hará temblar los cimientos de la civilización, afectando a miles de millones de personas en todo el mundo. Sí, me apunté al gimnasio. Y no sólo me apunté, si no que entré e hice ejercicio (sí, sí, en serio. Como una machota). Mi cuerpo abrió un ojo alarmado y exclamó: “¿Qué pasa, ha estallado la guerra?” Pobrete, lo que le esperaba… No era la guerra, era peor.

La sala de máquinas estaba invadida por una serie de doritos sudorosos (tan sudorosos que los langostinos chapoteaban en sus axilas) y un grupo de simples mortales que arrastraban sus lorzas por el parquet como si fueran cadenas de presos. Y ahí estaba yo, enfundada en el chándal de los domingos, tan sexy como un plato de fideos con carne, y escogiendo método de tortura. Un inciso, ¿te has fijado lo sexy que es eso de “enfundarse” en algo? Es que digo que me enfundé en una bolsa de basura tamaño industrial y tú sólo piensas en Halle Berry en Catwoman (es su papel más hallebérrimo). Mucho mejor “enfundarse” que “embutirse”, dónde vas a parar. Embutirse tiene esa reminiscencia charcutera que te hace pensar en un botón de pantalón a punto de salir volando y matar a alguien.

A lo que iba, al final opté porque me metieran cerillas encendidas entre las uñas de los pies y la carne (una técnica oriental muy relajante), diez latigazos de esos que lo dejan todo perdido de jirones de piel y para terminar me sacaron una muela a lo vivo. Por empezar con algo light, no voy a meterme en una clase de body pump el primer día, para que mi cuerpo haga “pump” literalmente (siempre hay una camilla y un médico preparado con el desfibrilador en la puerta de esa clase. También hay un tío feo que no mola nada que te toma medidas cuando entras).

Lo cierto es que después de un ratito de ejercicio (no voy a especificar cuanto, pero estamos entre los 5 min y las 5 horas), en lugar de sentirme hecha polvo, volví a casa llena de energía. Claro, mi cuerpo corría como alma que lleva el diablo para alejarse cuanto antes de ese gym de los horrores. Cuando abrí la puerta y entré en casa en modo vaporeta mi pareja se asustó y corrió a refugiarse bajo la mantita del sofá. Claro, hacía tanto tiempo que no me veía en modo vaporeta… En un despliegue de energía recogí los juguetes de la cría, guardé la ropa tendida y luego fui a poner una lavadora. No regresé. Mi pareja me encontró con la cabeza dentro del tambor, inconsciente.

Tal vez vuelva algún día (al gimnasio, no al tambor de la lavadora). Por el momento aprenderé a vivir con estas agujetas que me están matando. ¿Quién dijo que el deporte era sano? ¿Es o no es para matarlo?

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2 respuestas a Año nuevo, tortura nueva

  1. @unpocorojo dijo:

    Pero de verdad te hace tanta falta un gimnasio?
    Por estetica o por tontuna “principioañera”
    Si tu salud te lo permite…………………..pasa de estos sitios.——( Eso sí, dicen que se liga mucho;-)

    • requefer dijo:

      Me hace gracia que digas eso de ligar porque el otro día me quejaba amargamente de que no veo tíos buenos en el gym. Te diré que aparte de algunas quinceañeras que vienen pintadas como las uñas de Marujita Díaz, no es un lugar donde una se ponga sus mejores galas, así que lo de ligar, vamos a dejarlo estar. Igual, como tengo el pelo corto y me hago 2 coletas, se me puede acercar algún degenerado, pero poca cosa más.
      Y, sí, lo necesitaba, ahora me siento mucho mejor, con más energía y más guapa. Si eres del club del panching te recomiendo que hagas un poco de ejercicio, descubrirás que tienes extremidades que no sabías que existían.

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