Quiero romper un tacón en favor de las lanzas… o al revés

Yo suelo ir con zapato plano pero, claro, eso achaparra mi ya recortadita silueta, así que me he comprado unos zapatos de tacón para ir probando cómo se ve el mundo desde 12 cm más arriba. Para ser franca, sólo me ha servido para ver polvo en lugares donde antes no veía nada, pero poco a poco he descubierto otras ventajas de llevar zancos.

Por ejemplo, ahora bajo las escaleras con la majestuosidad de una presentadora de la gala de los óscars. No por nada, es que si voy más rápido me voy a estrunciar y llegaré al suelo enfilada con mi propio tacón como una olivilla. Y, oye, no tengo ninguna prisa, el metro está abierto hasta las 2 de la madrugada…

Otra ventaja es que ahora los pantalones me quedan cortos y me hace sentir como cuando tenía 10 años y todavía creía que no dejaría de crecer nunca (estúpidas esperanzas que pronto se vieron truncadas por la dura realidad. A mí sólo me daban un petit suisse).

Ahora puedo coger los platos del último estante sin tener que dar saltitos peligrosos para mi dignidad (eso me ha llevado a ponerme los tacones siempre para entrar en la cocina, me quedan monísimos con el chándal de estar por casa). Eso sí, donde no llego, no llego, que como me ponga a dar saltitos lo que va a peligrar es mi verticalidad.

Mis patadas voladoras son mortíferas, puedo meterle el tacón por la oreja a un tío y que asome por la otra. Bueno, quien dice la oreja, dice el ombligo, que queda a una altura más decente. Camino con seguridad por el mundo sabiendo que puedo defenderme en caso de cruzarme con una empanadilla de atún encolerizada, y es que los tacones son de acero colado del bueno (me pregunto cómo lo colarán… también me pregunto cómo colarán las piñas, y no sé qué es más chungo). Los compré en una tienda que se llama “Sí, mi ama”, también tienen ropa de cuero y cosas así, creo que es de complementos para moteros. Vi un mono de cuero muy chulo pero de la talla “sólo vísceras”, porque las chichas sólo entraban envasándolas al vacío, y había que dejar el alma fuera.

Y lo mejor de todo, cuando me los quito los deditos de los pies se despegan con un placer indescriptible y dejo de verlo todo en distintas tonalidades de rojo. Una felicidad, un volver a ser persona, un platillo volador… Oye, voy a tirar estos instrumentos de tortura, que se los ponga su abuela.

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Esta entrada fue publicada en ¿Por qué a mí? Diario de una escritora y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Quiero romper un tacón en favor de las lanzas… o al revés

    • requefer dijo:

      Tu relato me ha sorprendido, Germán, es muy original!! Nada, nada, deja todos los links que quieras (yo también dejo el mío por ahí como semillas del mal… Jajaja!).

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