Una espalda hecha macramé

Yo estaba bien. No me dolía nada, estaba como una alegre caldereta de pescado que chup-chupea en el fuego cuando me recomendaron ir a darme un masaje. Tienes la espalda contracturada, decían. La tienes como una pelota, decían… Bueno, pues yo fui. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué me ataran y me clavaran palillos de los de pinchar la olivas (sí, insistiendo, insistiendo, al final se clavan en la carne) hasta que perdiera el conocimiento (y por perder el conocimiento se entiende pedir a gritos ir de público a “Qué tiempo tan feliz”)?

Bueno, a tanto no llegó la cosa, pero lo que sí es cierto es que… a ver cómo te lo explico… ¿Tú has visto cómo amasan el pan en las panaderías? Pues eso hicieron con mi espalda. La pelota que, efectivamente, tenía la vi huir botando como una cobarde pero el tío no se dio cuenta y siguió linchándome y relinchándome (ah, no, la que relinchaba era yo…), hasta que le propuse liberarme si no resolvía un acertijo de mi invención.

El acertijo fue el siguiente: “¿Qué escondo dentro de este moderrrrrno recogido?” (me señalé el pelo)

Él se rio en mi cara (no en mi mano) pero creo que ver cómo me sacaba el cuchillo jamonero de dentro del moño fue un buen incentivo para que me dejara tranquila (la familia de cigüeñas que también habita en mi frondosa melena se asustó cosa mala). Oye, levantó las manos al cielo ipso facto, como si estuviera en Masterchef. Yo me arrastré hasta la puerta impulsándome con las pestañas (gracias, fortificante de pestañas marca Acme!!) porque no podía mover ni un músculo y cogí un taxi pero como pesaba una tonelada, desistí del intento y me metí dentro. Entonces la vi. Sola, abandonada, rodando melancólicamente, pobretica, la pelota de mi espalda.

Como no podía ser de otra manera, la pelota era una Spalding de pura cepa. Abrí la puerta del taxi y le hice un gesto con la cabeza. ¿Es a mí?, preguntó con la mirada. Sí, tonta, ven conmigo… Ella botó alegremente hasta el taxi y saltó a mi regazo, donde se acurrucó y suspiró satisfecha. Carne de mi carne, contractura de mi contractura… No puedo dejarla a merced de cualquier desalmado. No me gusta que me toquen las pelotas.

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