Masajes para el dolor… Para causarlo, vamos.

A mí no me dolía la espalda pero fui a un osteópata y me dijo que estaba fatal. Luego fui a un fisio y me dijo que estaba peor. Total, que el otro día, y aprovechando que no me dolía la espalda (como cada día) decidí ir a hacerme un masaje para ir deshaciendo ese saco de potatos que tengo entre la nuca y el kulopondio.

La chica era muy maja, menuda, graciosa, amable. Parecía buena gente. Parecía. Me cacheó para cerciorarse de que no iba armada y me hizo echarme boca abajo en la camilla (una de esas con un agujero para que metas la cara o el culo, según el tráfico intestinal). Yo la miré una última vez antes de hundir el jeto en el butrón camillero y me pareció una chica muy dulce… Mira, ahora le veo los piececitos, pensé, qué mona.

Entonces la chica, en un movimiento rápido y silencioso, abrió la puerta y dejó entrar a Hellboy, que puso sus manazas sobre mi espaldita y comenzó a embestirla como si fuera la masa de una pizza. Tuvo que ser así porque aunque yo solo veía los piececitos de la masajista retorcerse en el suelo alguien estaba aplicando una fuerza descomunal a una llave Nelson que me inmovilizaba desde las cejas hasta los juanetes.

“Quiero vivirrrrrrrrrr…”

Estás un poco contracturada, me dice. Y se va corriendo hacia atrás, rebota contra las cuerdas, vuelve con el doble de impulso y se lanza sobre mí con el codo por delante. ¡Que eso está prohibido hasta en los combates de wrestling! Ahora me dice que soy una quejica. ¡Pero si apenas puedo abrir la boca, tengo la mandíbula encajada en el agujero de la camilla y solo puedo dejar escapar unos suspiros de España!

Bueno, en total me tuvo como 3 o 4 horas amasando mis vértebras hasta dejarlas como un chicle, aunque según su reloj sólo habían pasado 45 minutos (claro, el reloj de parte de quién va a estar…). Luego Hellboy se marchó silenciosamente, o tal vez se mimetizó con el entorno, porque aunque la sala era blanca yo lo veía todo rojo, y solo quedó la masajista. Mírala qué mona.

A modo de consejo, le dije que si se vestía de cuero podría cobrar hasta 4 veces más por el mismo tratamiento y encima, ponerle un bozal a los masajeados. ¡Y ellos contentos! Ella negó con la cabeza y señaló la máscara de luchador mexicano que asomaba por el bolsillo de su bata. ¡Ajajá! ¡Era el luchador del anuncio de las natillas! Lo sabía…

En fin, ahora se confirman las sospechas: tengo la espalda muy mal, no puedo ni tocármela sin soltar un alarido. Si un masajista te dice que tienes la espalda mal, es que la tienes mal y punto. Si no es a la entrada, ¡será a la salida!

Bueno, si la espalda me lo permite, el próximo día 23 de abril (día del libro, san Jordi y cumpleaños de algún malandrín) estaré mañana y tarde firmando libros (y mi novela también!) en la librería Kaburi, paseo San Juan 11, Barcelona. El olimpo de los libros. El lugar donde todos quieren estar pero estoy YO. Bla, bla, bla. Corre la voz (LA VOZ!!!!!) y ven a verme con un montón de gente, pondré una valla electrificada y todo. ¡¡Que no falte de ná!!!

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