Vuelta a los orígenes. El mercado

Desde que me emancipé y me fui de la comuna hippie para adentrarme en ese oscuro mundo donde la ropa no se plancha sola siempre he sido un animal de supermercado. Balanceándome de liana en liana iba por los pasillos cogiendo aquí y allá bandejas de porexpan con mi alfalfa, mis algarrobas, mis berzas y mis tomates cherry. Luego un grito tarzanesco y hala, para casa.

Pero mi paladar exigente ha dicho basta y se ha cruzado de papilas, indignado. “Que nojj vamojj al meddcado”, me ha dicho como ha podido, los dientes también cruzados de raíces sobre la lengua. Vale, vale, pues me voy al mercado! La alternativa es presentarle a mi dentista este cuadro odonto-dantesco y no es plan… Total, que cojo mi carrito, mis zapatitos de colarse en la pescadería y mi liana portátil y me dirijo a ese lugar de pecado, digooooo, de pescado. Entre otros bichejos.

Después de una primera toma de contacto en la que he pedido langostinos en la pollería, calabacines en la pescadería y limosna en la frutería (ya puestos…), pues me ha ido muy bien. He vuelto a casa con mi carrito repleto de comida que… Oh, my god, ha salido de cadáveres exhumados (muy frescos, eh?) de animales del zoo.

Y qué diferencia al cocinar, qué jugosito todo, qué texturas, qué colores, qué aromas, qué leches es eso… Bueno, vale, que al final me he ido a comer a casa de mi madre, qué pasa? Que yo no sé cocinar sin la bandeja de porexpan!!!

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