Capítulo 4

Una tarde soleada estaba Kendra apoyada contra el árbol, como cada día a aquellas horas. Llevaba puestos tres vestidos, uno encima de otro, y unos pantalones. Como siempre, se puso a hablarle a su madre:

– Esta mañana me he hecho un corte en la mano. Me resbalé yendo a las Rocas Con Sombrero y me apoyé en una piedra puntiaguda. Me la he lavado y me he puesto una venda. Mira- levantó la mano izquierda, que llevaba envuelta en un trapo-. Espero que no se infecte. ¿Tú crees que me la he lavado bien?

Se quedó en silencio, escuchando. Nadie contestó. La niña continuó:

– Hace días que no veo al águila. Qué raro, siempre pasa por encima del claro a mediodía. Espero que no le haya pasado nada. ¿Sabes si le ha sucedido algo?

Silencio. Kendra siguió hablando, impertérrita:

– Voy a hacer un  muñeco de nieve, como los que hacía contigo. ¿Te acuerdas? Lo pondré…

– Oh, no…

Kendra abrió unos ojos como platos. Había sonado muy flojo, pero sin duda era una voz aunque no la de su madre. Una voz muy suave. Se giró a la derecha y vio nada especial.

– ¿Quién anda ahí?- preguntó.

– ¿Me has oído?- respondió la voz, atónita.

– Sí… ¿Eres el árbol?- Kendra se imaginaba que el árbol gigante tendría una voz grave y profunda, como de un sabio anciano, pero nunca se sabía. La voz se rio suavemente.

– No, soy la hiedra.

– ¿Qué te ha pasado?- preguntó la niña levantándose y poniéndose delante de la planta.

– Nada… Que se me ha descolgado una rama con el viento… Ya se estaba aguantando por los pelos y al final se ha soltado- la hiedra supiró-. Con la de meses que me costó hacerla crecer hasta allí.

Efectivamente, había una rama bastante larga que estaba descolgada y se balanceaba con el viento. Kendra la cogió.

– ¿Dónde quieres que la ponga?

– Si pudieras alcanzar esa rama de la derecha…

– A ver si puedo…- Kendra alargó el brazo- Desde aquí no llego. Tendré que trepar, espera.

El camino más recto para llegar a la rama era pisoteando la hiedra, así que lo descartó. En cambio, trepó por la otra cara del árbol y fue pasando de rama en rama hasta que llegó a la que le había indicado la planta. Como la rama era bastante gruesa pudo estirarse encima y alargar la mano hacia abajo para coger la ramita de hiedra sin problemas.

– ¿La pongo así?

– Sí… ¿Puedes enredar un poco los zarcillos entre las rugosidades de la corteza? Así, muchas gracias.

Cuando terminó, la niña saltó al suelo y se sentó delante de la hiedra. Estuvieron hablando un rato. Kendra estaba feliz por tener alguien más con quien hablar y, al parecer, la hiedra también. Cuando la planta se quejó del frío que hacía la niña tuvo una idea. Calentó nieve al fuego hasta que se convirtió en agua templada y regó con ella la planta.

– Oooohhhh!- exclamó- Jamás había sentido algo así. Es como un pedazo de primavera en pleno invierno- las hojas se estremecieron de forma casi imperceptible.

– He calentado el agua en el fuego.

Kendra quiso presentarle al fuego, pero la planta se negó en redondo. Le tenía verdadero pánico.

– Ya me ha costado aceptar que juegues con él tan cerca de mí… Y Grandullón se puso como una fiera cuando vio que habías hecho un fuego bajo sus raíces.

– ¿De verdad? No lo sabía… Este fuego es bueno y no le quemará- Kendra miró hacia arriba y subió la voz-. ¿Me oyes? Este fuego no te quemará, te lo prometo.

No se oyó nada.

– Grandullón no habla mucho, a mí me costó algunos años que me dirigiera la palabra, pero él sabe que tienes cuidado. Te tolera. Si no, ya te habría echado.

– Ah…- Kendra se preguntó cómo podría un árbol echarla de ninguna parte pero se abstuvo de hacer comentarios para no ofender a Grandullón.

Así fue como Kendra empezó a hablar con la hiedra, y pronto con el resto de plantas. El bosque silencioso se convirtió en una especie de bulliciosa reunión de comadres para la niña. Eso le facilitó enormemente la vida, ya que podía preguntarles dónde encontrar algo de comida, o qué propiedades tenía cierta hierba, o si había alguna madriguera cerca. Así dejó de poder contarse las costillas y volvió a tener un aspecto saludable. Y se aprendió un sinfín de plantas medicinales nuevas. Y descubrió que había muchas más cosas comestibles que sus famosas raíces. Incluso la condujeron hasta un cadáver muy antiguo del que sólo quedaban los huesos y que tenía una abultada bolsa de monedas. Al principio le dio un poco de miedo pero los árboles se echaron a reír y pronto Kendra se rio con ellos. Sí, aquel tipo estaba demasiado delgado… Como el dinero no le servía de nada Kendra se encogió de hombros y no tocó nada.

Las plantas también le pedían favores, como quitar la nieve de sus hojas, o que las regara con agua caliente. Se había corrido la voz de que era una sensación única y Kendra se pasó una semana corriendo arriba y abajo con ollas de agua caliente. Luego tuvo que empezar a negarse educadamente y sólo hacerlo muy de vez en cuando, a cambio de algún favor, porque si no hubiera terminado por tener que regar el bosque entero.

Los días y las semanas pasaron en un suspiro. Kendra se sentía muy a gusto en el bosque. Un par de veces se le pasó por la cabeza que a lo mejor se había vuelto loca y se pasaba el día corriendo de acá para allá hablando sola, pero descartó esa idea. Era ridículo. Llegó un día en que el riachuelo se congeló y ya no pudo pescar. Volvía a casa lamentándose por ello cuando vio algo que le heló la sangre. Huellas. Huellas humanas y de caballos sobre la nieve. La niña puso con cuidado un pie sobre una de ellas y vio que era mucho más grande que la suya. Mirando a su alrededor supuso que se trataba de un grupo numeroso. Era difícil saberlo porque unas se superponían a otras. Las siguió tomando mil precauciones. No quería que la vieran. El rastro serpenteaba entre los árboles sin un rumbo fijo. Kendra lo fue siguiendo y tuvo un mal presentimiento. ¿Y si habían encontrado su casa? Las huellas seguían una dirección errática pero poco a poco se iban acercando a su árbol. Al poco sus sospechas se confirmaron. Empezó a oír unas voces. El rastro se metía en el claro y terminaba en la base de Grandullón. Kendra buscó un buen lugar para observar sin ser vista. Cuatro caballos descansaban con las riendas atadas a las raíces. Había tres hombres en su escondite. Habían encendido un fuego y charlaban animadamente, sentados alrededor. Al cabo de un momento apareció un cuarto de detrás del árbol. Era alto y corpulento, con el pelo castaño muy revuelto. Iba bastante sucio y tenía barba de varios días. Su ropa estaba sucia y gastada. Se acercó al tronco y se puso a mear contra la hiedra. Mientras meaba giró la cabeza a un lado y soltó un escupitajo. La niña meneó la cabeza, disgustada. El tipo terminó y se metió dentro. La rabia se apoderó de Kendra. De un plumazo se había quedado sin casa. Todas sus cosas estaban dentro: sus ollas, sus hierbas, la ropa… Por favor, que no tocaran nada. Inconscientemente se llevó una mano al colgante de su madre. Menos mal que no se lo quitaba nunca. ¿Qué podía hacer? Quería que se marcharan pero ir a hablar con ellos estaba descartado. Le daban miedo y, además, no creía que se fueran amablemente porque se lo pidiera una niña que les llegaba por el ombligo. Y menos con el frío que hacía. Estuvo un rato intentando escuchar lo que decían mientras pensaba qué podía hacer.

– … Y el idiota de Bob se quedó allí plantado mirando cómo me tiraba a su mujer. Espero que aprendiera alguna cosa, porque ella decía que era como tener un alcornoque en la cama.

Se oyeron risas.

– Joder, qué mal huele en este agujero- Kendra se ofendió muchísimo. Ella lo mantenía limpio y nunca hacía allí sus necesidades. Y estaba bien aireado. Allí no olía a nada. A madera, en todo caso. ¿O tal vez llevaba tanto tiempo que se había acostumbrado al mal olor y no lo notaba?

– No te preocupes, sólo estaremos aquí unos días, hasta que venga Jimbo con la pasta. Como mucho, dos semanas.

– A ver si se da prisa, tengo ganas de ir a una buena taberna. Este sitio me da grima. ¿Cómo se te ocurrió que viniéramos aquí?

– Aquí no nos va a molestar nadie y este árbol se ve desde la colina. Hasta Jimbo puede encontrar el camino.

– Ya, pero ¿cómo encontrará la colina? Si a veces quiere bostezar y no se encuentra la boca…

Más risas.

¿¡Dos semanas!? Kendra había supuesto que pasarían una noche y luego se marcharían. Miró a su alrededor y vio la blanca alfombra de nieve que lo cubría todo. No podía quedarse sin casa dos semanas. Tendría que pensar en algo para que se fueran de allí. Si el fuego estaba de acuerdo, siempre podría quemarlos… Pero no, eso no era necesario. Sólo quería que se marcharan, no pretendía hacerles daño. Y no quería que la vieran, esa gente le daba muy mala espina. Parecían una panda de ladrones o algo así. Mientras pensaba en algo otro hombre salió del escondite y se sentó sobre una raíz, apoyado contra el tronco del árbol. Aquel era el lugar donde se sentaba ella por las tardes a hablar con su madre. El hombre sacó una pipa del bolsillo y la golpeó contra el tronco para vaciarla. Miró dentro e hizo una mueca que hizo que se le marcara multitud de arrugas alrededor de los ojos. Con la otra mano se sacó un puñal del cinto y se puso a escarbar con la punta de la hoja dentro de la pipa. Luego clavó el puñal en la raíz, al lado suyo. Kendra se tapó la boca con las manos para ahogar un grito. ¿Cómo se atrevía a hacerle eso a Grandullón, que llevaba más tiempo sobre la tierra que todo el linaje de aquel indeseable? El hombre sacó una bolsita de tabaco y llenó la pipa. Luego se levantó y entró en la casa. “¡Joder, qué susto me has dado!” se oyó dentro. Al momento volvió a salir con la pipa encendida. Se volvió a sentar donde antes y se quedó fumándose su pipa y limpiándose las uñas con el puñal. Éste no era tan corpulento como el del escupitajo pero parecía más espabilado. Llevaba el pelo largo y salpicado de canas recogido en una coleta, y encima llevaba un sombrero mugriento. Kendra tuvo una idea. Hizo una llamita en su mano y le explicó su plan. Luego habló con las plantas del bosque para que la ayudaran y pronto se pusieron de acuerdo. Al bosque tampoco le gustaban esos tipos. Kendra sonrió y esperó a que se hiciera de noche.

Cuando cayó la noche el bosque se sumió en un extraño silencio. No se movía ni una hoja. Las siluetas de los intrusos se recortaban contra una hoguera que casi era tan alta como el techo. Esa hoguera le hubiera hecho mucho daño a Grandullón si Kendra no le hubiera pedido al fuego que, por favor, no le hiciera daño al árbol. Qué sinvergüenzas… Estaban bebiendo y cantando canciones obscenas, ajenos a todo. Kendra hizo una señal y el plan se puso en marcha. La hoguera se apagó de repente, sin dejar ni siquiera unas brasas calientes. Se oyeron gritos de sorpresa y cuatro sombras salieron a trompicones de debajo del árbol. Fuera, a la luz de la luna, empezaron a discutir cómo era posible que aquella hoguera se hubiera apagado como si fuera una vela.

– Habrá sido una ráfaga de viento- dijo Escupitajo encogiéndose de hombros. Kendra le había apodado así por el escupitajo que había soltado antes.

– No seas imbécil, no se puede apagar un fuego así de un soplo. Además, no hace nada de viento- contestó otro con un deje de temor en la voz. Parecía una sardina en escabeche. Kendra se rio para sí de su ocurrencia.

– A lo mejor ha sido un espíritu… ¿No habéis visto sus cosas dentro?- terció uno al que Kendra no le había visto la cara hasta entonces. Tenía cara de artista de teatro ambulante.

– ¡Por favor!- El De La Pipa puso los ojos en blanco- Los espíritus no existen. Todo el mundo sabe que…

– ¡Chssssst! ¡Callaos un momento!- le cortó Sardina- ¿No lo oís?

– Yo no oigo nada…

– Pues eso precisamente. No se oye nada. ¡Nada! Esto no es normal.

El Artista señaló a Escupitajo.

– Nore, coge al chico y vámonos de aquí. ¡Rápido!

– Yo ahí no vuelvo a entrar ni loco- replicó Escupitajo, y empezó a desatar a los caballos.

– De aquí no se va ni mi sombra. ¿Dónde demonios queréis ir a estas horas en medio de un bosque? Nos congelaremos de frío. Esperaremos hasta que salga el sol y entonces, si queréis, nos iremos- dijo El De La Pipa en tono autoritario.

Los cuatro hombres empezaron a discutir acaloradamente, pero la discusión se cortó en seco.

– ¿Qué mierda es eso?

Decenas de pequeñas llamas aparecieron en el aire, a diferentes alturas, por todo el claro, y empezaron a descender como si fueran copos de nieve. Cuando llegaron a la nieve se hundieron un poco en ella, fundiéndola, y se movieron describiendo complicados dibujos. Kendra no pudo por menos que quitarse el sombrero ante el sentido de la teatralidad del fuego. Los hombres empezaron a gritar y salieron corriendo como alma que lleva el diablo. El De la Pipa y Escupitajo fueron los únicos que tuvieron la sangre fría de coger los caballos. Una vez penetraron en la espesura todos los árboles y las plantas a su alrededor empezaron a agitar sus hojas, produciendo un ruido ensordecedor. Kendra pensaba que no podían correr más rápido, pero se equivocaba. Los caballos se encabritaron y salieron galopando sin control, con sus respectivos jinetes agarrándose como podían para no caerse. Los alaridos de aquellos pobres desgraciados se perdieron en el bosque. Todas las plantas estallaron en carcajadas, y Kendra no fue menos. Les dio las gracias a todos, muy especialmente al fuego, y se metió en su casa. Ya a varios metros de distancia le llegó un olor insoportable a podredumbre. La niña arrugó la nariz y se cubrió la cara con el cuello del vestido. La hiedra se rio.

– Ha sido Grandullón. Y has tenido suerte de que no se hayan quedado más tiempo, porque mañana hubiera inundado tu casa con un líquido negro que huele peor todavía.

– Vaya…- ahora comprendía lo que había querido decir la hiedra con aquello de que Grandullón la podría echar de allí si quisiera.

La pequeña entró en casa con la cara cubierta y una bola de fuego en una mano para iluminarse. El fuego saltó de su mano y volvió a encender la hoguera. Kendra miró a su alrededor. En su huida los tipos se habían dejado unas mantas y unos macutos. También había tres odres llenas de algún tipo de alcohol de olor bastante fuerte que la obligó a alejar bruscamente de su nariz la que había abierto cuando se acercó una para olerla. En un rincón había un bulto grande. Kendra se acercó para ver qué era y el bulto se removió.

– ¿Qué está pasando? ¿Estáis ahí? ¡Decidme algo, por favor!

Kendra soltó un grito y dio un salto del susto. El bulto también gritó. Al parecer era una persona tapada con una manta y con un saco en la cabeza.

– ¿Quién eres?- gritó ella, buscando algo que pudiera usar como arma. Por suerte vio su palo y lo cogió con fuerza.

El bulto soltó un grito de terror y se encogió.

– ¿Eres un espíritu? ¡No me mates, por favor! ¡Yo no he hecho nada!

– Estate quieto- Kendra se acercó al bulto y con mucha precaución retiró la manta con ayuda del palo. Debajo había un hombre atado-. ¿Por qué estás atado?

– Me han secuestrado. No me mates, te lo ruego. Haré lo que quieras.

Kendra le quitó el saco de la cabeza y se alejó a una distancia prudencial. Era un chico de unos quince años, bien parecido. El chico parpadeó un par de veces y la miró con los ojos castaños entrecerrados mientras se acostumbraban a la luz.

– ¡Pero si eres una niña! Suéltame.

Kendra fue a soltarle por inercia pero se detuvo en el último momento, recelosa.

– ¿Cómo sé que no intentarás hacerme daño?

– ¿Cómo voy a hacerte daño? Acabas de salvarme de esos asesinos. Por favor, hace días que me llevan así de arriba abajo y las cuerdas me hacen daño. Por favor…

La niña se quedó pensando un momento.

– Haremos una cosa: voy a quitarte todas las cuerdas menos las de las manos- el chico la miró lastimeramente-. No te conozco…- añadió Kendra a modo de disculpa.

Le llevó un buen rato quitar las cuerdas porque los nudos estaban muy apretados. El chico le sugirió que buscara en los macutos por si había algún cuchillo, pero Kendra no quiso. La cuerda la vendría muy bien para… ya se le ocurriría algo.

– ¿Cómo te llamas?- le preguntó el chico mientras ella trajinaba con los nudos.

– Kendra, ¿y tú?- respondió ella sin mirarle, concentrada en aquellos nudos endiablados.

– Rendel. ¿Dónde estamos?

– En el bosque.

– ¿Qué bosque?- Kendra se encogió de hombros- ¿Y qué haces tú aquí?

– Yo vivo aquí.

– ¿Aquí?- Rendel miró a su alrededor con desaprobación- Si huele fatal.

– ¡Huele así por vuestra culpa!- se defendió ella, indignada- Es asqueroso, el olor va a tardar días en irse.

Rendel sacudió la cabeza. Alguno de sus raptores habría derramado algún  líquido inmundo…

– Por su culpa- puntualizó-, no la mía. ¿Dónde están tus padres?

Un silencio incómodo cayó sobre ellos.

– … Vivo sola- Rendel fue a decir algo pero ella le cortó con un gesto. No quería hablar de eso-. ¿Por qué te han secuestrado?

– Mi padre es comerciante y las cosas le van bien, querían sacarle hasta la última moneda. Espero que los atrapen y los cuelguen a todos- Kendra sintió un escalofrío por la espalda y se puso tensa, pero Rendel no se dio cuenta- . Oye, ¿cómo los has hecho huir?

– No te enfades. El chico no sabe lo de tu madre- dijo el fuego de improviso.

– Y tú, ¿cómo sabes lo de mi madre?- el fuego no contestó- Ah, ya entiendo. Las antorchas… Tú estuviste allí.

– ¿Qué te pasa?- preguntó Rendel- Te has quedado mirando el fuego.

– No lo estaba mirando, estaba…- dejó la frase en el aire- ¿No has oído nada?

Rendel miró alrededor, inquieto.

– ¿Tú sí? ¿Crees que pueden volver los secuestradores?

Kendra se dio cuenta de que Rendel no podía oír al fuego. Pero lo raro es que tampoco la había oído a ella contestar…

– No lo creo. Se han meado encima de miedo- la niña se rio sólo de pensarlo.

– ¿Cómo los has hecho huir?

– Es mejor que no se lo digas- dijo rápidamente el fuego.

Kendra lo miró de reojo.

– ¿Qué tiene de malo decírselo?

– En el mejor de los casos pensará que estás loca. En el peor, pensará que eres una bruja.

– Oye, ¿te pasa algo?- Rendel la miraba con curiosidad.

– No, nada…- Kendra pensó rápidamente algo que contarle al chico- Me puse a hacer sonidos raros desde el bosque y agité una antorcha encendida entre los árboles. Creyeron que había espíritus. Si hubieras visto cómo corrían…- se rio.

Rendel observó a aquella chiquilla de ocho años con un vestido que le iba varias tallas grande, el pelo oscuro largo y enmarañado y carita de no haber roto un plato.

– Vaya, son más tontos de lo que pensaba. Dejarse engañar así…- meneó la cabeza- ¿Y cómo apagaste su fuego? No vi nada porque tenía la cabeza tapada pero les oí hablar de ello.

– No lo apagué yo, fue el viento. Supongo que tuve suerte- El fuego crepitó aprobadoramente-. Mañana por la mañana te guiaré hasta algún lugar conocido.

– ¿Por qué no te vienes a mi casa? Mi padre estará encantado de acogerte. Así no tendrías que estar aquí sola. La verdad es que no me explico cómo puedes sobrevivir sin ayuda…

– No estoy sola…- una rama crujió en la hoguera- Quiero decir que están los pájaros, la ardillas…- se apresuró a añadir Kendra sin mucha convicción.

– Vamos, no seas tímida. Le diré a mi madre que te prepare una tarta.

Una tarta… Kendra se relamió sólo de pensarlo. Pero no, no estaba preparada para moverse entre la gente. Prefería quedarse allí. Allí nadie podía hacerle daño. Allí tenía amigos de verdad. Inconscientemente acercó una mano al fuego para acariciarlo, como hacía siempre. Rendel se la apartó con sus dos manos atadas.

– ¡Cuidado, te vas a quemar! Chica, no sé qué te pasa con el fuego…

Kendra compuso una sonrisa.

– Ay, lo siento. No sé en qué estaría pensando…

Kendra se pasó un rato poniendo sus cosas en orden. Por suerte nadie había tocado su ropa, pero habían abierto algunos de sus saquitos de hierbas y las habían tirado al suelo. Kendra se lamentó en voz alta.

– ¿Qué había en las bolsitas?- preguntó Rendel señalando las hierbas machacadas en el suelo.

– Hierbas medicinales. Para el dolor de cabeza, para hacer una cataplasma cuando te haces una herida profunda… Es una pena que las hayan tirado- Kendra cogió un puñado del suelo, pero al estar machacadas se habían mezclado con la tierra y no se podían recuperar-. No podré conseguir más hasta la primavera.

– ¿Conoces las plantas curativas?

– Mi madre me las enseñó cuando era pequeña- nada más decirlo se sintió un poco ridícula y se puso colorada. Notó la mirada divertida de Rendel-. Bueno, más pequeña que ahora.

Una vez terminó de revisar sus cosas abrió los macutos para ver lo que contenían. Parecía que estuviera abriendo sus regalos de cumpleaños. Encontró algo de ropa que olía francamente mal, un par de botas, un pedazo de metal pulido que servía de espejo, un yesquero, algunas provisiones, una bolsa con dinero y un puñal muy bonito con el mango y la funda grabados.

– ¡Vaya, has encontrado mi puñal!- exclamó Rendel con alegría. Kendra se quedó un poco cortada. Un cuchillo le vendría tan bien… Tan bien…

– Ah, es tuyo…- la niña lo miró con pena. Hubiera preferido no haberlo encontrado para no hacerse ilusiones- Mañana te lo devuelvo, ¿vale?

Rendel tenía las manos atadas. No iba a ser tan estúpida de darle algo con qué cortarlas.

– Bueno.

Aquella noche Kendra pudo dormir tapada con una manta por primera vez en mucho tiempo. Dejó el fuego encendido para que la avisara si Rendel hacía algo raro o si volvían los secuestradores, aunque no creía que pasara ni lo uno ni lo otro. El chico se durmió enseguida en su rincón y no se movió en toda la noche.

Por la mañana desayunaron parte de las provisiones de los secuestradores. Kendra cogió un pedazo de pan duro y lo olió como si fuera un plato delicado. Casi se le saltaron las lágrimas al saborearlo. Rendel comió con gran apetito hasta que vio la mirada de aprensión de la pequeña. Entonces se dio cuenta de lo delgada que estaba. Claro, debía de subsistir a base de hierbajos y alguna alimaña que consiguiera cazar… Consciente de que aquella comida podía ser muy valiosa para la niña dejó de comer. Ya se hartaría cuando volviera a casa. Se quedó en silencio observando a Kendra disimuladamente mientras ella comía. Estaba impresionado de que una niña tan pequeña fuera tan resuelta como para vivir allí sola. ¿Cómo se las debía de ingeniar? Él sin duda no aguantaría ni tres días… La verdad es que le daba un poco de vergüenza que la hubiera salvado una niña de… ¿Cuántos años tendría? ¿Siete? ¿Ocho?

– ¿Dónde vives?- le preguntó Kendra después de desayunar.

– En Gádenon.

– Me suena. Es una ciudad bastante grande, ¿verdad?

– ¿Bastante grande? ¡Es la capital!- Rendel prosiguió con un monólogo sobre las bondades de Gádenon salpimentado con una descripción de su barrio, su casa y su vida en general. Kendra le escuchó con interés, todo lo que le contaba era tan distinto a su vida…

– No sé dónde está, pero te llevaré hasta el pueblo más cercano. Una vez allí podrás preguntar a alguien que sepa más que yo.

Rendel la miraba en silencio.

– ¿Qué miras?- Kendra sonrió un poco, insegura.

– Tienes unos ojos rarísimos.

Kendra se llevó las manos a la cara inconscientemente.

– ¿Tengo algo en los ojos?

– No, no. Es que nunca había visto unos ojos de ese color. Son como… dorados. Y grandes…

– Mi madre decía que eran de color ámbar- la cara de la niña se puso de color rojo intenso.

Rendel se levantó.

– Bueno, ¿nos vamos?

– Vámonos. Bueno, espera… Tengo que pedirte un favor.

– Dime.

– No puedes decirle a nadie que me has visto. No quiero que nadie venga aquí.

– Te lo prometo.

– Y…- Kendra miró al suelo, muerta de vergüenza- Tengo que pedirte que me dejes taparte los ojos hasta que lleguemos. Creo que eres una buena persona pero tengo que protegerme- lo miró a los ojos-. Lo entiendes, ¿verdad?

Rendel se indignó. Todavía llevaba las manos atadas, ¿qué más quería?

– No voy a…- empezó a quejarse Rendel, pero vio que la pobre se estaba retorciendo las manos de los nervios- Bueno, vale. Pero llévame con cuidado, ¿eh?

– Irás a caballo, así no habrá problema.

– Si vas a subirme en el caballo, suéltame las manos. Para coger bien las riendas…

Kendra accedió. Cortó las cuerdas de las manos de Rendel con el puñal y el chico se frotó las muñecas despellejadas haciendo una mueca de dolor.

De los dos caballos que se habían dejado los secuestradores, la niña le quitó todos los arreos a uno y lo dejó ir. Rendel la miró incrédulo.

– Pero, ¿qué haces? ¿Por qué lo sueltas?

– Yo no sé montar a caballo.

– ¿Y?

– ¿Por qué no iba a soltarlo?

El caballo trotó un poco por el prado y se internó entre los árboles. Rendel meneó la cabeza.

Capitulo 5

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Una respuesta a Capítulo 4

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