Capítulo 6

– No volveré a vivir con la gente nunca más- dijo Kendra con resolución. La hiedra había escuchado su historia atentamente sin interrumpirla.

– No digas eso. Ellos son de tu especie. Algún día tendrás que volver.

– ¿Por qué? No los necesito para nada.

Kendra se cruzó de brazos, obstinada. La brisa hizo que el cabello le cayera sobre la cara y ella se lo apartó con fastidio.

– Claro que sí. Un día te levantarás y te darás cuenta de que tu lugar está con los humanos.

– ¿Tú quieres que me vaya?- Kendra miró a la planta con reproche.

– Claro que no, tonta. Pero sé que llegará el momento en que… Ya sabes- Kendra no sabía-. Un día querrás tener un compañero.

– Bah, qué bobada. Yo nunca tendré un compañero.

La hiedra se rio.

– Vale, si tú lo dices… A mí, ese chico que encontraste bajo Grandullón me ha parecido adecuado para ti.

– ¡Pero qué dices!- Kendra se puso roja como un tomate y se levantó de un salto- ¿Qué sabrás tú de eso? ¡No tienes ni idea!

La niña se alejó dando grandes zancadas y se metió en casa. El fuego la esperaba dentro. Kendra se dio cuenta de que se estaba aguantando la risa.

– ¿Tú también? No, por favor.

– Vale, vale. Lo que tú digas. Ven, quiero hablarte de una cosa.

Kendra se sentó delante de la hoguera.

– Dime.

– ¿Entiendes por qué no puedes contarle a nadie que puedes hablar con nosotros?

– Sí- dijo ella despacio-. Porque podría causarme problemas.

El fuego asintió.

– Hay mucha gente que no sabe nada del mundo. En ciertos lugares, si creen que eres una bruja te podrían…

– ¿Colgar?- la niña terminó la frase por él- ¿Por eso mataron a mamá?

El fuego asintió.

– Pero mamá era buena, no era una bruja.

– Bruja es una palabra que utilizan los ignorantes para describir a una persona que hace cosas que no pueden entender y a la que temen. A tu madre le gustaba más la palabra hechicera. De todas maneras ellos la persiguieron porque creían que había arrasado el pueblo de al lado y tú y yo sabemos que no fue así. Qué ironía…- hizo una pausa- Hay muchos hechiceros, más de los que te piensas, pero mantienen sus poderes en secreto para poder vivir entre la gente. Por eso, intenta no jugar conmigo cuando haya gente delante. Sólo si es necesario.

La niña se quedó pensativa un rato. Al final contestó:

– Vale…

– Por cierto- dijo el fuego cambiando de tema-. Tuviste un detalle muy bonito con el granjero, ¿sabes?

Kendra se sonrojó. De vuelta a casa y tras pensarlo mucho se había presentado en la granja donde había robado la ropa. Había llamado a la puerta y se había alejado unos metros. Cuando el hombre calvo abrió y la vio se lanzó hacia ella gritando:

– ¡Como tienes la cara de volver aquí!

Kendra tuvo unos instantes antes de que la alcanzara para hablar:

– ¡Vengo a pagarle por la ropa!- tenía pensado darle la bolsa de dinero que le había dejado Rendel, pero el hombre la asustó tanto que se la tiró a la cara y salió corriendo.

– ¡Auch!

– ¡Lo siento mucho!- gritó sin mirar atrás, y tuvo una sensación de déjà vu.

Mientras corría oyó al hombre gritar:

– ¡Espera! ¡Niña, te digo que vengas!

Kendra no se atrevió a parar y se internó en el bosque tan rápido como pudo.

La niña metió los dedos en el agua de una olla y le lanzó unas gotas al fuego.

– ¡No te rías de mí! Quería arreglar lo del otro día y creo que se ha enfadado más.

– No está enfadado.

– ¿Y tú qué sabes?

– Sé que en la bolsa había mucho más dinero de lo que valía la ropa.

Eso era verdad.

Después de aquel episodio la vida de Kendra volvió a su rutina de siempre. Al principio estaba un poco preocupada por si volvían los maleantes. ¿No habían dicho que un tal Jimbo tenía que reunirse allí con ellos? A menudo se subía a Grandullón, y no sólo por encima del resto de árboles, sino hasta arriba del todo. Pasaron los días y no vino nadie, pero ella siguió subiendo al viejo árbol a otear el horizonte de vez en cuando por si acaso. En una ocasión saltó al suelo pálida como un cadáver.

– ¿Has visto algo? Haces mala cara- comentó la hiedra.

Kendra se apoyó en el tronco y cogió aire con la vista clavada en el suelo.

– No… Es que… Cuando estaba arriba del todo ha venido un soplo de viento y casi me caigo… Y las ramas no paraban de moverse, como arriba son más finas…

– Mmm…- la hiedra se quedó pensando- A ver, ven aquí…- la niña se acercó- Enséñame las manos- se las enseñó-. Bueno, podría ser peor.

– ¿Te ríes de mí?- preguntó la niña contrariada.

La hiedra se rio suavemente.

– Voy a enseñarte a sujetarte como yo.

Kendra no creía que pudiera hacerlo. Al fin y al cabo la hiedra entera estaba concebida para trepar y ella, en cambio, no sabía para qué estaba hecha pero, desde luego, no era para eso. Pero lo intentó de todos modos. La hiedra la obligaba a permanecer con el cuerpo pegado al tronco del árbol durante todo el día sin ningún resultado, le decía que se enredara con la corteza, pero no había manera. ¿Cómo iba a hacer tal cosa, si no tenía zarcillos? Por la noche la pequeña estaba cansada y con los brazos y las piernas agarrotados.

– Esta planta está loca- le comentó en voz baja al fuego una noche-. Llevamos dos semanas con esta tontería y no consigo nada. ¿No es evidente que no puedo aprender a trepar como ella?

– ¿Qué haces? ¿No es evidente que no se puede hablar con el fuego?

– No es lo mismo- Kendra se cruzó de brazos, a la defensiva.

– Es exactamente lo mismo. No lo estás intentando de verdad. Tienes que creer en ello.

– ¿Tú crees?

– Yo creo.

Al día siguiente Kendra se lo tomó más en serio, pero no avanzó nada. Sin embargo no se dio por vencida. Ella confiaba en el fuego. Si él le decía que podía hacerlo es que podía. Y el tercer día se obró el milagro…

– ¡Mira! ¡Me estoy aguantando!

Kendra se sostenía a un palmo del suelo con todo el cuerpo sujeto a la corteza. La hiedra sonrió orgullosa, si es que una hiedra puede sonreír.

– Muy bien, Kendra, ahora sólo tienes que practicar para que te salga de forma natural.

Obtener resultados fue un gran aliciente para la niña, que se pasó día y noche practicando. Aprendió a aguantarse por el pecho, sin manos. Aprendió a sujetarse momentáneamente y soltarse para ir trepando sin necesidad de cogerse a las ramas, como si fuera una araña. También aprendió a sujetarse por la espalda y así poder otear el horizonte desde lo alto de Grandullón. Descubrió que podía sujetarse a superficies lisas, como las rocas pulidas y mojadas de la cascada del riachuelo, y que podía sujetarse al techo. Practicó incluso dormir sujeta al techo de su casa y colgada de una rama. Era fabuloso.

– Vaya, no sabía que se pudieran hacer tantas cosas- dijo la hiedra sorprendida.

Aquella fue la primera de muchas lecciones. Todos tenían algo que enseñarle a Kendra.

Las nieves se derritieron… Y volvieron… Y se volvieron a derretir… Kendra perdió la cuenta de los años que llevaba en el bosque. Tal vez tres o cuatro.

– Cuatro- le recordó la hiedra.

La niña había crecido. Lo notaba en que había tenido que ir deshaciendo algunos dobleces de los pantalones. Hacía tiempo que sus zapatos se le habían quedado pequeños y tenía que usar los que se habían dejado los secuestradores. Les había metido hojas secas dentro para que no se le cayeran, y cada cierto tiempo tenía que quitar unas pocas porque sus pies no paraban de crecer. Pero los mayores cambios se produjeron en su interior. Poco a poco nació en ella una sensación de vacío, de que le faltaba algo. Al principio no sabía lo que era, o sí que lo sabía y no quería reconocerlo. Por eso intentaba no pensar demasiado en ello y llenaba su tiempo haciendo guirnaldas de hierbas y flores que colocaba en los arbustos, organizando fiestas de cumpleaños para los árboles… Evidentemente nadie sabía cuándo era su cumpleaños, así que la niña se lo inventaba. También se inventaba los suyos. Sabía que tenía doce años y recordaba que su cumpleaños era a primeros de año, pero le gustaba más celebrarlos en primavera. De vez en cuando metía la mano en el agua del riachuelo y sacaba una bola de agua de aspecto gelatinoso, como si fuera una fruta. Luego se la llevaba a dar una vuelta y le enseñaba lugares que nunca había visto. Al final la devolvía al riachuelo para que compartiera lo que había visto con el resto del agua. Eso le gustaba enormemente al riachuelo. Incluso un día se metió el agua en el bolsillo y subió a lo alto de Grandullón para enseñarle el bosque desde arriba. El agua le explicó que en algún momento había sido una nube, pero que desde tan arriba no se veía bien el bosque, y que luego había caído desde el cielo en forma de lluvia, pero que había sido tan rápido que no había tenido tiempo para quedarse a disfrutar de unas vistas así. Al regresar la bola de agua saltó ansiosamente de sus manos y el riachuelo empezó a salpicar en todas direcciones cuando le contó lo que había visto. Al principio todo aquello llenaba aquel vacío que tenía, pero poco a poco volvió a sentir que necesitaba algo más. Tal vez… volver a vivir entre las personas. Ya no tenía miedo, o eso pensaba. No lo sabría con certeza hasta que no lo probara, y tenía muchas ganas de hacerlo. Y aunque aquel era su hogar y estaba rodeada de amigos…

– Tengo que marcharme.

– ¿Qué?- la hiedra estaba perpleja- ¿Por qué?

– No lo sé, pero creo que ha llegado el momento de que vea gente. Gente de mi especie. Creo que ya estoy preparada.

La hiedra guardó silencio durante un rato.

– Sabía que llegaría este momento tarde o temprano, pero tenía la esperanza de que fuera más tarde, la verdad.

Kendra iba haciéndose y deshaciéndose una trencita con un mechón de pelo.

– Os voy a echar mucho de menos… No te creas que no os quiero, es que…

– Ya, ya, lo entiendo- la hiedra suspiró- ¿Y cuándo piensas marcharte?

– Mañana.

La brisa llenó el silencio que se hizo.

– Será mejor que vaya a buscar agua antes de que anochezca.

Kendra se levantó y se fue al riachuelo. Le daba muchísima pena despedirse de su amiga pero incluso la hiedra se lo había advertido alguna vez, algún día tendría que regresar. Estuvo un rato hablando con el agua, despidiéndose. El agua le dijo que volverían a verse muy pronto. Al fin y al cabo, toda el agua del mundo era la misma en el fondo. Luego la niña metió las manos en el agua y levantó una bola bastante grande. Cogió la masa de agua como si fuera un bebé y emprendió el camino de vuelta a casa. La hiedra se había encargado de correr la voz de su partida y se entretuvo despidiéndose de todos por el camino. Algún animalillo se acercó también, pero ella tenía más relación con la vegetación. Los animales iban y venían, y no coincidían tanto. Tardó bastante en regresar al claro y, cuando lo hizo, con todo el bosque pendiente de ella, cantó una canción de despedida y bailó para ellos en el claro. Aunque no soplaba el viento, todas las plantas se mecieron al compás de la música.

A la mañana siguiente Kendra se levantó muy temprano, se puso un vestido limpio y fue a lavarse. No había podido dormir apenas pensando en el viaje que estaba a punto de emprender. Hacía un día espléndido, sin una sola nube en el cielo, y un sol primaveral que la acariciaba con sus rayos. Estaba tan nerviosa… En lugar de quedarse en el punto del riachuelo más cercano se fue a la cascada. Se puso bajo la cortina de agua y cerró los ojos, concentrándose en el agua helada que recorría su cuerpo. Luego se fue a una de las ollas de piedra llenas de agua y se metió dentro. De inmediato el agua se calentó y empezó a humear. Le encantaba hacer eso. Se quedó un rato así, sin pensar en nada. Luego tuvo que obligarse a salir, porque si no se habría quedado allí todo el día. El agua no se quedó adherida a su cuerpo al salir, de modo que cuando se puso de pie al lado de la olla estaba totalmente seca. Se vistió y miró un momento todo lo que la rodeaba con nostalgia. Luego se fue. De vuelta en el claro recogió el macuto que se había preparado la noche anterior con el resto de su ropa, su cuerda y algunas provisiones. Cogió también el cuchillo que le había regalado Rendel y se lo metió en un bolsillo. Al salir fue a hablar con la hiedra por última vez.

– Ya es la hora- dijo la hiedra.

– Ya es la hora- repitió Kendra. Se le rompió la voz y se puso a llorar.

– No llores, vas a pasarlo muy bien y harás amigos antes de que te des cuenta.

– Sí, claro…

– Quiero que me lleves contigo.

La niña parpadeó.

– ¿Cómo?

La hiedra tembló un poco y dejó caer una hoja. Kendra la cogió al vuelo.

– Prométeme que la llevarás contigo. Te traerá suerte.

La niña le dio un beso a la hoja y se la metió por dentro del vestido. Luego cogió su cuchillo y se cortó un mechón de pelo.

– Yo también quiero que me lleves contigo- dijo anudando el mechón a una de las ramas de la hiedra.

– Sabes que puedes volver siempre que quieras, ¿verdad? Ésta es tu casa.

– Claro que volveré. Prometido.

En ese momento las ramas de Grandullón se sacudieron haciendo un gran ruido por encima de su cabeza. Kendra levantó la vista asombrada. Grandullón nunca le había hablado.

– Hola, Kendra- dijo con voz profunda.

– Hola, Grandullón- la niña le dedicó una sonrisa radiante.

– Ya era hora de que te fueras, haces que me piquen las raíces.

– No le hagas caso, es su sentido del humor- susurró la hiedra.

– Hay una cosa que quiero que recuerdes. Habrá un momento en tu vida en que te harás una pregunta de cuya respuesta dependerá tu vida. Esa respuesta ya la tienes ahora. Recuérdalo.

– ¿Y cuál es esa respuesta?- Grandullón no contestó- ¿Y la pregunta?

Kendra puso cara de no entender nada. La hiedra hizo un gesto quitándole importancia.

– No le hagas caso, está muy viejo ya.

– Te he oído, parásito horrible- tronó Grandullón, haciendo saltar a la niña del susto-. A ver cuando te mudas a otro árbol y me dejas tranquilo- su voz se suavizó-. Niña, recuerda lo que te he dicho. Y ahora vete, o no llegarás a tiempo a… Vete ya.

– Recordaré tus palabras- contestó Kendra, aunque no sabía muy bien de qué podía servirle. No quería contrariar al árbol. Y tenía razón, si no se iba ya no llegaría al pueblo antes de que se hiciera de noche.

Kendra emprendió su viaje. Iba a buen paso, y a ratos incluso corría. Tenía tantas ganas de llegar… No tenía ni idea de lo que haría cuando llegara pero le daba igual. Ya no tenía miedo. Había aprendido a defenderse. No podían hacerle daño. Además, también habría gente buena, ¿no? Como Rendel. Sin pensarlo se metió la mano en el bolsillo y apretó el mango del cuchillo. Ya no tenía miedo. Recordaba que cuando era pequeña la gente de su pueblo era amable con ella y con su madre. Ya no tenía miedo. La gente del pueblo de al lado también debía parecer amable hasta que… Ya no tenía miedo. Ya no tenía miedo.

El día iba avanzando y Kendra cada vez tenía menos ganas de llegar. ¿Y si volvía a casa? Si se daba prisa todavía llegaría antes de que se hiciera de noche. La hiedra se pondría tan contenta… Sacudió la cabeza. No, tenía que seguir adelante. Si no era capaz de llegar hasta el pueblo ahora jamás sería capaz de volver a intentarlo. Para infundirse fuerzas llamó al fuego y le pidió que le hiciera compañía.

– Bueno, pero cuando estemos cerca me iré. Recuerda que no deben verte jugar conmigo.

El fuego se acomodó en el hombro de la niña y fueron charlando de cosas sin importancia. Sin darse cuenta Kendra llegó a la entrada del pueblo y le pareció que era más grande de lo que recordaba. Se estaba haciendo de noche.

– A partir de ahora es mejor que sigas tú sola. Todo saldrá bien- diciendo esto la llama se apagó y con ella, los ánimos de la niña.

Kendra se adentró en las calles, como había hecho con Rendel años atrás. Igual que la otra vez, casi no había gente. Claro, a aquellas horas todos estaban en sus casas cenando. Las pocas personas que se cruzaron en su camino ni siquiera repararon en ella. Eso la tranquilizó un tanto aunque, por otro lado, era un poco deprimente. ¿Y ahora, qué? Decidió buscar algún lugar para pasar la noche. Siempre le quedaba la opción de dormir en el bosque pero eso lo consideraría una derrota. No tenía dinero para pagarse una habitación en una posada, así que deambuló por unas calles cada vez más vacías para encontrar algún portal abierto, alguna casa abandonada, algún cobertizo… Ya era noche cerrada. Las únicas luces que iluminaban las calles eran las que provenían de las ventanas de las casas. A través de los cristales se veían familias cenando en torno a una mesa con comida, personas charlando a la luz del fuego, mujeres remendando ropa… Kendra se vio invadida por una gran soledad. Qué ganas tenía de volver a su bosque, con su familia. Ni siquiera podía llevar un fuego consigo porque no tenía con qué aguantarlo: una vela, una lámpara de aceite, algo. Sólo podía mirarlo a través de los cristales de las casas. Ya estaba a punto de darse por vencida cuando vio una puerta entreabierta. Qué suerte. Se asomó con cautela y dentro sólo vio la más absoluta oscuridad. No se oía nada. Miró por encima del hombro: en la calle ya no quedaba nadie. Volvió a asomarse dentro y se aventuró a encender una llama en la mano para iluminar un poco la estancia. Al parecer era un pajar bastante grande. La luz de su llama no alcanzaba a alumbrar el fondo de la estancia, que permanecía en tinieblas. No parecía que hubiera nadie. Sintiéndose un poco más segura, la niña se metió dentro. Con su llama en la mano avanzó por el pajar y fue hasta el fondo. Allí se comió parte de sus provisiones acompañadas con un poco de agua y luego trepó por la pared y se durmió pegada al techo. Si entraba alguien era improbable que mirara un rincón oscuro del techo, ¿verdad? Allí sólo había telarañas. Y una niña.

Capítulo 7

7 respuestas a Capítulo 6

  1. Pingback: ¡Sí, si, sí, el capítulo 6 está aquí! | Al otro lado de las llamas

  2. Blanca dijo:

    Acabo de descubrir tu blog y tu novela, respecto al blog tengo que decirte que me has hecho pasar un rato de lo mas divertido y espero impaciente otra entrada. La novela en cambio, ¿como te atreves a colgar esto? … ¿Donde está el resto?? quiero leerla pero ya. En fin, deja el anodino trabajo que sea que estes haciendo( Si es que soy neurocirujano..!Me da igual!!) y cuelga lo que falta.
    Ya en serio, soy muy aficionada a las novelas de magos y espadas, pero es dificil encontrar algo decente en un genero lleno de morralla, esta promete, me parece original. Pagaría por leerla y te lo dice una conocida morosa de biblioteca (Que me ven entrar por la puerta y llaman a seguridad) asi que si tienes una versión digital disponible me gustaría que me dijeras donde encontrarla, y si no, cuelga otro capitulo por lo menos…

    • requefer dijo:

      Chica, al principio me has asustado (“¿cómo te atreves a colgar esto?”) pero luego ya he tenido que sacar los pañuelos de papel porque me pongo tonta. Ya sé que lo voy colgando lentamente, dentro de muy poquito publicaré la novela entera, lo prometo. ¡¡¡¡Lo prometooooo!!!!! De momento, al menos los posts ya ves que los cuelgo muy a menudo (a veces a costa de mi salud mental). ¡Muchísimas gracias por leerme, Blanca!
      El próximo capítulo está al acecho…

  3. me encanta referr me encanta ya estoy esperando el proximo capitulo como nos haces esto mujer dejarnos con estas ganas .bueno recibe un saludo de una admiradora tuya xao y un beso hasta el proximo

    • requefer dijo:

      ¡Gracias, Dolores! Bueno, bueno, veo que me has dejado una retahíla de comentarios (diría que de más tranquilo a más nervioso…). Muchas gracias por los piropos y, mira, sin que sirva de precedente y como me lo habéis pedido varias personas hoy… Venga, cuego el capítulo 7. Dame 5 min…

  4. buenisismoooooooooooooooooooooooooooo

  5. SE E INTUYO KE APARTIR DE AHORA AUN ME VA GUSTAR MAS PERO NENA NO ME AGAS SUFRIR TANTO PONME EL 7 RAPIDITO UN BESOTEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE

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