Lúa. Capítulo 11

A los pocos días llegó Priscila a casa. Era una chica de tez morena y acento andaluz, muy graciosa, ella. Lúa la recibió con dos besos y la ayudó a entrar las maletas. Dani la había ido a recoger a la estación y estaba terminando de subir bultos. Era increíble la de cosas que llevaba aquella chica para estar solo quince días.

– ¡Me encanta el piso!- exclamó Priscila cuando le enseñaron el lugar donde iba a vivir.

A Lúa le pareció que exageraba un poco pero no le importó demasiado. Concretamente, le importó un pimiento. Se sentaron los tres en el sofá, con Priscila en medio, y la recién llegada les explicó su vida por capítulos. Versión extendida, con comentarios del director.

Priscila era de Cádiz y trabajaba haciendo de azafata en convenciones, es decir, que no tenía trabajo fijo. Le había salido una oportunidad para trabajar en Barcelona en un congreso médico y cuando el amigo de Dani le había comentado la posibilidad de encontrar un alojamiento barato, no se lo había pensado dos veces.

– Y así, de paso, conozco Barcelona, que no había estado nunca. ¡Es como si me pagaran por venir de vacaciones!- dio una palmada en el aire, encantada.

El congreso se celebraba en dos fines de semana consecutivos, así que podía aprovechar entre semana para hacer turismo. Lúa la observó mientras hablaba. Tenía unos ojos castaños muy bonitos y el cabello largo, negro y liso, recogido en una cola. Era bastante guapa, y alta, no le extrañaba que la hubieran cogido como azafata. Además, era muy graciosa. Tenía unas salidas que hacían reír a Dani y a Lúa, pero a esta última se le borró la sonrisa cuando la vio apoyar la mano en el pecho de su compañero de piso mientras le hacía una broma. Él no pareció molestarse en absoluto, pero a Lúa le hizo menos gracia que una patada en el cielo del paladar.

– ¿Vendríais conmigo a dar una vuelta? ¡Me encantaría pasear por las ramblas!

– Claro- dijo Dani rápidamente.

– A mí no me apetece, id vosotros- dijo Lúa bajando la mirada.

Lo que no le apetecía era ir a ninguna parte con Dani, no le hablaba desde lo del grano, y tampoco le apetecía ver como aquella gaditana se lo ligaba delante de sus morros.

Por eso, la florecilla pocha de pétalos rizados se metió en su habitación y se conectó por internet con sus amigos de Lleida, que últimamente les tenía un poco abandonados.

Dani y Priscila volvieron de noche. Lúa había hecho cena para los tres pero había terminado por cenar ella sola, harta de esperar, y el resto lo había metido en un tupper mientras se regodeaba en su desgracia, que eso siempre era entretenido. Estaba viendo una peli por la tele cuando les oyó entrar entre risas ahogadas. ¿Por qué no había preparado un ariete colgado con cuerdas en el pasillo que los empotrara contra la pared nada más entrar? Sería que no había tenido tiempo…

Los recién llegados se dieron las buenas noches y una puerta se cerró. Luego Dani apareció en el comedor. Ella ni le miró.

– ¿Qué estás viendo?- preguntó él por darle algo de conversación.

No, lo que estaba haciendo era tantearla para ver si seguía enfadada, el muy cernícalo. Lúa no contestó. Se llevó un puñado demasiado grande de palomitas a la boca y las masticó como pudo, manteniendo la mano delante de la boca para que no se le cayera nada. Joder, Lúa, pensó, en los momentos clave eres más fina que la madre que te parió.

Dani se sentó a su lado y ella, que estaba estirada en el sofá, encogió las piernas como si fuera un escarabajo pelotero y no el culo del chico lo que estaba a punto de tocarla.

– ¿Me das una palomita?

Sí, sí, sí, ya conocía su modus operandi… Tenía varias preguntas con las que medía el grado de cabreo de Lúa. La de las palomitas era la segunda. Lúa no contestó. Cuando Dani alargó una mano hacia el bol ella le dio un manotazo, rápida como el rayo. Bruce Lee habría estado orgulloso.

– Joder, Lúa…

Ella dejó el bol en la mesita de centro y se sentó en el sofá.

– No, joder, . ¿Qué coño quieres, ahora? ¿Que no respire el mismo aire que tú? ¿Por qué no le dices a ella- señaló hacia las habitaciones- que no te toque? Ah, no, la leprosa es Lúa… Mira, si es que no sé ni por qué pierdo el tiempo hablando contigo porque me da igual…

La chica se levantó y se fue a su habitación. Cuando había llegado a la puerta del comedor se lo pensó mejor y volvió a buscar su bol de palomitas. Dani acababa de coger una y se quedó congelado, con la palomita en la mano y el brazo todavía extendido. Ella puso el bol debajo.

– ¿Es que me dejas coger un puñado?- preguntó él.

– No, que me devuelvas la puta palomita. Vamos- le apremió con aire de teniente coronel cabreado.

Dani soltó la palomita y después de aquel momento ridículo Lúa se fue a su cuarto.

Los días fueron pasando como una lenta tortura. Priscila era tan simpática, tan mona… Lúa la odiaba con todas sus fuerzas, y se imaginaba poniendo cal viva en su crema para la cara o rociando su ropa con un spray de lejía. Dani parecía estar encantado con ella, tan salada, tan flamenca, la cabrona, y se dejaba acariciar por la gaditana de mil formas distintas. Y delante de Lúa, para más inri. Pero la gota que colmó el vaso llegó un día que Gaby le dio fiesta por la tarde.

– El bar está muy tranquilo hoy, Lúa. Vete a casa y descansa un poco. Mañana es día de partido y te necesito al cien por cien.

– ¿Seguro que no te importa? Me sabe mal dejarte sola…

Gaby se echó a reír.

– Oye, llevo más de siete años en este local sola, no va a pasarme nada. Si tengo miedo encenderé la luz. Además, el otro día fui yo la que se largó para ir de compras, ¿recuerdas?

Recordaba, recordaba.

– Gracias, guapa.

Al salir Lúa se cruzó con Bruno, que entraba en ese momento.

– Vaya, ¿te vas?- le preguntó él, perplejo- Creía que vivías ahí dentro…

Lúa se echó a reír.

– Una vez al año Gaby me deja salir a ver mundo. Luego vuelvo asustada suplicándole que me deje volver a entrar- se despidió de él con la mano mientras echaba a andar-. Sé bueno…

– Ser bueno está sobrevalorado- dijo él mientras entraba en el bar.

Lúa llegó a casa y pensó en darse una ducha rápida y salir a dar una vuelta por el barrio. Tal vez iría a mirar ropa. Cuando abrió la puerta de casa le llegó una melodía de guitarra. ¿Dani estaba tocando? Lúa avanzó por el pasillo y, sí, vio a Dani tocando flamenco con la guitarra, sentado en el sofá. A su lado estaba Priscila, escuchándole mientras tocaba las palmas al compás. Lúa se quedó plantada en la puerta del comedor y, aunque no hizo ningún ruido, Dani debió de percibir una perturbación en la fuerza, porque dejó de tocar y se giró a mirarla. Los últimos acordes, deshilachados, se escaparon por la ventana. La cara del músico mostraba culpabilidad. Ya podía sentirse culpable, el muy cabrón. Él nunca había tocado para Lúa, siempre se había negado, era algo demasiado personal. En cambio, no tenía reparos en tocar para una tipa que se ligaba una noche y tampoco parecía tener problemas con Priscila. ¿O tal vez también se la había tirado?

Lúa se dio la vuelta y se marchó rápidamente. Detrás de ella oyó a Dani murmurar algo a la gaditana y levantarse. Joder, iba a perseguirla como si fueran el coyote y el correcaminos. Y Priscila lo había visto todo… Bueno, Priscila se la sudaba.

– Lúa, espera…

Ella pasó olímpicamente de Dani y salió de casa. En cuanto se cerró la puerta tras ella comenzó a bajar las escaleras tan rápido que los bucles de su cabello se alisaban por momentos. En tres microsegundos oyó cómo se abría la puerta otra vez.

– ¡Espera!- exclamó Dani echando a correr tras ella.

Lúa consiguió bajar dos pisos antes de que él la agarrara del brazo en medio de las escaleras.

– Lúa, escúchame.

– Escuchar, ¿qué? No tienes que darme explicaciones de tu vida. Yo te toco un pelo y me tiras contra el sofá, pero llega una pava que no conoces de nada y, oye, no pasa nada si te acaricia. Y ya que es tan maja, ¿por qué no tocas algo de música para ella? Total, es algo tan íntimo que solo lo haces con tus amigos de verdad.

Dani bajó la vista.

– No es bien, bien así…

– ¿Sabes qué pasa? Que te caigo mal y no sabes cómo decírmelo.

– Eso no…

– ¡Eso sí!- estalló Lúa- ¡No te aguanto más, Dani! ¡No tengo por qué aguantar todo esto! En cuanto encuentre algo voy a dejar el piso.

Lo dijo sin pensar pero en cuanto se oyó le pareció que se había pasado un poco.

– No tendré tanta suerte…- dijo él, como ausente.

Ella le miró con incredulidad. Dani pareció darse cuenta de que lo había dicho y comenzó a balbucear algo pero Lúa tiró salvajemente del brazo para soltarse y le cogió desprevenido. El brazo de la chica se le escapó de la mano y ella perdió el equilibrio por el impulso, cayendo escaleras abajo.

– ¡Lúa!- gritó Dani corriendo tras ella.

Lúa trató de parar la caída pero no consiguió asirse a la barandilla a tiempo. Por suerte estaba en medio del tramo de escaleras y la caída fue corta, pero puso mal el pie y se cayó al suelo en mitad del recodo de la escalera. Su cabeza se golpeó en la pared y se quedó en el suelo atontada.

– Lúa, ¿estás bien?- Dani se arrodilló a su lado con preocupación.

La chica se llevó una mano a la cabeza y la otra al tobillo lastimado. Siempre se machacaba el mismo. Sintió que Dani la cogía en brazos y no se resistió. Puede que estuviera enfadada pero no era idiota. No quería quedarse tirada en el rellano sin poder andar. De todas maneras, no hizo ningún gesto para agarrarse a él, solo se puso las manos sobre el regazo y se las quedó mirando mientras el chico la subía escaleras arriba y se deshacía en explicaciones.

– Lúa, no es cierto lo que he dicho, estaba pensando en otra cosa. Por favor, perdóname- la estrechó contra su pecho y ella apoyó su cara contra él, como si fuera una muñeca de trapo. No se resistía pero tampoco hacía nada-. Lúa… Dime algo, lo que sea.

Ella permaneció en silencio y sin mirarle hasta que llegaron arriba. Por suerte se había dejado la puerta abierta, así que pudo entrar sin problemas con ella en brazos. Cuando iba por el pasillo Priscila se asomó desde el comedor pero tuvo la prudencia de no acercarse ni decir nada. Dani abrió la puerta del cuarto de Lúa con un codo y la depositó en su cama. Ella se encogió en cuanto la dejó, llevándose las manos al tobillo.

– ¿Te duele mucho?- preguntó él.

Lúa no contestó. Cuando Dani trató de tocárselo ella le miró con un destello de rabia y le apartó de un manotazo.

– No me toques- dijo en voz baja, pero fue peor que si le hubiera gritado.

Dani salió de la habitación y Lúa respiró aliviada. No podía soportar más su presencia. Sin embargo volvió al cabo de nada con una bolsa de habas congeladas. Y vuelta con los congelados… Cuando fue a ponérselas en el tobillo ella le cogió la bolsa y la tiró contra la cama con fuerza.

– Fuera de aquí.

– Lúa, no pienso irme hasta que…

– ¡Fuera de aquí!- gritó ella fuera de sí.

Dani retrocedió asustado. Jamás la había visto tan enfadada. Lúa le vio salir y cerrar la puerta con cuidado. Solo entonces dejó que salieran las lágrimas.

Lúa terminó de bajar la última caja a la calle, donde la esperaba Gaby con una furgoneta alquilada.

Hacía una semana que Priscila se había marchado, y Dani había tratado por todos los medios de que Lúa no dejara el piso. Trató de hablar con ella, la encerró en su habitación con él y la amenazó con no dejarla salir hasta que hiciera las paces con él, le regaló flores y bombones que terminaron en la basura… Lo intentó todo pero fue en vano. Incluso se ofreció a tocar la guitarra para ella pero Lúa se rio en su cara.

– ¿Ahora me vienes con eso?- le dijo con desdén. Luego bajó la voz hasta un susurro- Métete la guitarra por el culo- se llevó una mano al pecho como si se lo dijera con mucho sentimiento-. De corazón.

Cada día, al mediodía y por la noche, los fines de semana a todas horas… Dani estaba tan desesperado que al final, cuando vio que no había marcha atrás, se puso de rodillas delante de la puerta de casa. ¿Pero este tío era tonto? Lúa iba cargada con dos maletas y una mochila, y le quedaban algunas cajas más por bajar. No quería dejarse nada porque no pensaba volver.

– La mochila me pesa, Dani. No le estás haciendo ningún favor a mi espalda- dijo ella con cansancio al verle bloqueando la salida de una forma tan cutre.

– ¿Es que nada te conmueve?- dijo él, aparentemente al borde de las lágrimas.

No, ya nada conmovía a Lúa. Cuando le había dicho que quería que se marchara del piso algo se había roto dentro de ella y no podía ni quería arreglarlo. Todo había terminado. Sus ilusiones, sus sueños de estar con él, a la porra. Sin embargo, al decirle aquello removió algo en su interior. Lúa soltó las dos maletas y se acercó a él, como un verdugo se acerca, hacha en mano, a un condenado.

– ¿Qué te conmueve a ti, hijo de puta?- le dijo en voz baja- Me has estado torturando desde que vivo contigo, eres un enfermo y no quiero volver a verte en mi vida. Deja de intentar hacerme sentir mal porque cuando deseaste que me fuera ya toqué fondo contigo. No tienes capacidad para hacerme más daño, así que no te esfuerces. Búscate otra compañera de piso a la que abrazar y luego mandar a la mierda, y luego hacer ver que te importa, y luego volver a mandar a la mierda. Ah, y ni se te ocurra tener un detalle con ella, como tocar la guitarra…

– ¿Me dejas explicarme?

– Has tenido muchos meses para explicarte, ahora es hora de que te apartes y me dejes pasar.

Dani dejó caer la cabeza hacia delante, derrotado. Al final se levantó y se hizo a un lado.

– ¿Sabes qué es lo peor de todo?- dijo Lúa al pasar por su lado- Mira, te lo digo porque me importa un rábano, ya. Tú me gustabas mucho, para que veas el mal gusto que tengo.

– Tú a mí…

Dani no tuvo tiempo de decir nada más. Lúa le soltó un guantazo impresionante que le giró la cara e hizo que sus pupilas giraran trescientos sesenta grados dentro de las cuencas de los ojos.

– ¡No quiero saberlo! Vete de aquí, desgraciado, no quiero verte más.

Lúa cogió las maletas y salió del piso. Abajo la esperaba Gaby con la furgoneta. Cuando volvió a subir por el resto de cosas no vio a Dani, pero le pareció oírle llorar. Sin embargo ella estaba demasiado cabreada para mostrar algo de sensibilidad hacia él.

Cuando por fin se sentó en el asiento delantero de la furgoneta se echó a llorar.

– Qué hijo de puta…- dijo mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano y miraba por la ventanilla- Gracias, Gaby, por dejar que me quede en tu casa. Solo será hasta que encuentre algo, te lo prometo.

A pesar de que Gaby no quería, Lúa había insistido en pagarle un alquiler. Si no, no quería ir, así que Gaby había tenido que aceptárselo.

– Quédate todo lo que quieras, cariño. Me gustará tener algo de compañía que no sea un gato. Me da un no sé qué pensar que podría terminar siendo una de esas viejas locas con la casa llena de gatos- le revolvió el pelo con la mano sin mirarla mientras conducía-. Prefiero tener una Leoncia.

– ¿Leoncia?

– Si, de Leoncio y Tristón… Ah, eres demasiado joven. Son unos dibujos animados de cuando era pequeña. Tú todavía estabas saltando de huevo en huevo de tu padre.

– Ejjjjj, no me digas esas cosas… Creo que me pega más lo de Tristón.

– Ya verás que no.

La furgoneta paró al cabo de un rato en una zona que Lúa no conocía pero eso no era una novedad.

– ¿Dónde estamos?- preguntó.

– En Horta. Mira, es esa portería de ahí.

Entre las dos llevaron las cajas al piso en un santiamén. Era un tercero, y cuando Lúa vio el ascensor se lanzó a besar la puerta.

– ¡No puedo creerlo, el primer ascensor que voy a tener en mi vida!

– Hija mía de mi vida, parece que vengas del jurásico…

Cuando lo metieron todo en casa Gaby cogió a Lúa de la mano y corrió a enseñarle el piso. Era amplio y luminoso, con suelo de parquet. La cocina era más grande que la que tenía antes, con una ventana que daba al comedor y una puerta que daba a un balcón interior. La casa tenía cuatro habitaciones, una de las cuales había sido convertida en gimnasio y otra, en estudio. La habitación de Gaby era muy romántica, con una gran cama con dosel en el centro. El baño era espacioso y contaba con una bañera de verdad, no el barreño que tenía el piso de Sants. Lúa se imaginó dándose un baño de espuma en aquella bañera y le encantó la idea. Por el comedor se salía a un balcón bastante largo con jardineras repletas de flores.

– Es precioso… Y enorme- comentó Lúa mientras recorría las habitaciones con su amiga.

– Ya, cuando dejé a mi ex me quedé con el piso. Que le den por el chimichurri- dijo Gaby encogiéndose de hombros.

La habitación de Lúa tenía una cama de matrimonio con dos mesitas de noche y un armario que cubría una pared entera, del suelo al techo.

Gaby sacó una bandeja con canapés, cava y dos copas para celebrar que su amiga se instalara con ella.

– Por nosotras- dijo Gaby solemnemente sosteniendo su copa en alto.

– Por nosotras. ¿Y sabes qué? Acepto tu propuesta de ser tu socia.

Las palabras salieron de la boca de Lúa antes de pensarlas pero en cuanto las oyó le pareció una buena idea. Tenía ganas de redecorar su vida.

– ¿En serio? ¡Eso es maravilloso!- Gaby dejó la copa y le dio un gran abrazo que la obligó a disimular un sollozo.

Gaby abrió el buzón de sugerencias para coger ideas para el bar. Había unas cuantas. Se sentó en la barra y comenzó a leerlas una por una.

– ¿Algo interesante?- preguntó Lúa mientras terminaba de hacer un cortado.

– “Día de lectura: que venga un escritor y lea un fragmento de su obra. Luego se abre un debate sobre el contenido de su libro”. No creo que esto le vaya mucho a este bar. Si aquí, cuando más llenamos es cuando hay fútbol…

– Y el día de los strippers- le recordó Lúa.

– Es verdad, eso tenemos que repetirlo.

– Perdonad que me meta pero, ¿trajisteis strippers al bar?- preguntó la chica a la que Lúa acababa de servir el cortado.

– Sí, un hombre y una mujer. Fue un exitazo- dijo Gaby.

Lúa pasó por detrás mientras se contoneaba en una tristísima imitación de la obra de arte que había hecho la stripper.

– Vaya, si lo hubiera sabido me hubiera venido con unas amigas…

Lúa señaló la puerta.

– Mira, cuando montamos algún evento lo anunciamos en una pizarra en la salida con quince días de antelación. Vale la pena que lo mires de vez en cuando porque hacemos de todo.

– Vaya, vaya, otro psicopatilla: “Que las camareras vayan en ropa interior”- leyó Gaby-. ¿Y por qué no en pelotas, ya puestos? Mira éste: “Una timba de póker.”

– Eso me gusta- dijo Lúa con interés-. Lo apunto en la pizarra de los votos- al ver la mirada curiosa de la chica, añadió-. Aquí ponemos las propuestas que nos parecen mejores para que la gente vote lo que le apetece más hacer. Al fin y al cabo lo hacemos por ellos, queremos saber su opinión… Aunque al final hacemos lo que nos da la gana, claro. Democracia total. ¿Eres de por aquí?

– No, pero trabajo aquí al lado, en una tienda de baños.

– ¿La que está en esta esquina, no, la siguiente?- intervino Bruno, que estaba sentado un poco más allá, tomándose una tónica.

– Sí, “Baños Espriu”. Si quieres cambiar el baño, pásate.

– Joder, tú no desconectas del trabajo nunca, ¿no?- dijo él con una sonrisa- Será mejor que no tome diuréticos en tu presencia.

La chica se echó a reír y tomó un sorbo de su cortado.

– “Concurso de monólogos”- prosiguió Gaby-. Esto puede ser muy bueno o muy malo.

– El caso es que la gente venga, si los monólogos no tienen gracia… Bueno, pueden ahogar sus penas en alcohol. ¿Lo apunto?

– Apunta. Sigo. “Maratón de Star Wars”. Este es para frikis.

– Oye, pues yo creo que podría funcionar muy bien, y tú y yo nos ponemos dos ensaimadas en la cabeza y vamos de princesa Leia- Lúa se cogió dos mechones de pelo a ambos lados de la cabeza y los enrolló rápidamente, aunque más que la princesa Leia, parecía un fragel-. Ya se me había ocurrido algo así, tendríamos que hacerlo uno de esos días que no llenamos, entre semana.

– Ya, pero las tres pelis seguidas son muchas horas- Gaby se apartó un mechón de pelo de la cara-. O empezamos pronto o nos dan las uvas aquí…

– Podríamos hacerlo en tres días, una peli por día. Si el primer día no funciona siempre podemos dejarlo estar. Lo apunto.

– “Concurso de Miss camiseta mojada”. Mira, otro cerdo.

– Tenemos una piara en este bar… Pero esto me lo guardo para un futuro- Gaby miró a Lúa como si se hubiera vuelto loca y ésta se encogió de hombros-. Igual podríamos buscar al soltero y a la soltera más sexys. Y así, igual encontramos algo potable, tú y yo.

– ¿No leéis mi sugerencia?- preguntó Bruno.

Lúa le miró con curiosidad.

– ¿Has dejado una?- empezó a repasar las sugerencias que le faltaban por leer- ¿Qué es?

– Una rueda de citas rápidas.

Las tres mujeres se echaron a reír.

– Ay, Bruno, tenemos que encontrarte una novia urgentemente- se rio Gaby.

– ¡Oye, que vosotras estabais hablando hace un momento de buscar un tío sexy! Yo no pongo tantas exigencias, solo busco una chica simpática que me aguante.

– ¿Que te aguante?- le preguntó la de la tienda de baños enarcando una ceja.

– No hay manera de encontrar pareja estable. Yo creo que soy normal pero igual soy insoportable. A lo mejor ronco como un hipopótamo…- Bruno miró a Lúa y a Gaby- Va, ¿lo haréis por mí?

– No sé- dijo Gaby entrecerrando los ojos-. ¿Cómo lo harías, separamos las mesas y ponemos a una chica en cada una, y que los chicos vayan pasando, cinco minutos por cita?

– Y al acabar ella le da un sobrecito que puede estar vacío o tener su número de teléfono dentro- intervino la chica de los baños.

– ¿Por qué no le dice directamente si sí o si no?- preguntó Lúa.

– Porque puede ser un poco violento. Así el chico no sabe si ha triunfado o no hasta que se ha marchado.

– Qué crueldad- dijo Bruno dándole un trago a su tónica-. ¿No te da vergüenza, tener a un chico en vilo hasta el final?

– Bueno, tener una respuesta en un cuarto de hora no me parece muy cruel. La vida real es mucho peor- dijo Gaby con una expresión que revelaba que ella había tenido alguna experiencia negativa al respecto.

– Venga, Bruno, la pongo en la pizarra a ver qué piensa la gente. Para que veas que somos buenas- le dijo Lúa cogiendo la tiza.

– Vale, pero si sale adelante, os quiero ver a las tres en esas mesas.

– Sí, hombre, lo que me faltaba- dijo Gaby.

– ¿Qué te hace pensar que no tengo pareja?- la chica de los baños parecía un poco ofendida.

– ¿Cómo te llamas?- preguntó él a su vez.

– María.

– María, si tuvieras pareja no creo que estuvieras aquí a estas horas, ¿no? Vamos, si tienes novio y no te lleva a cenar fuera es que es tonto.

– Bueno, pues es verdad, no tengo novio, ni ganas. Estoy muy bien sola- dijo ella con resolución-. Hablo con mis plantas y nunca me contradicen.

Sin embargó le miró apreciativamente. Su comentario le había gustado. Se preguntó si le gustaría también que Bruno saltara sobre ella como un lobo hambriento y… Ya estaba pensando en guarrerías otra vez. Al parecer su estrategia de las plantas tenía algunas carencias.

Bruno se encogió de hombros y se subió el puente de sus gafas de pasta con un dedo.

– Yo creo que mi idea va a triunfar, hay mucho solterillo por el barrio.

– Por algo será- dijo Lúa, pensando en Dani y en cómo arrancarle las uñas de los pies con unos alicates.

Una semana más tarde, la idea de las pelis de Stars Wars había ganado en votos por goleada. Sin embargo lo de las citas rápidas había conseguido bastantes votos, así que se lo guardaron en la recámara para más adelante.

Escogieron un martes, día tonto donde los haya, para comenzar con la primera película, y la cosa fue bastante bien. No fue la proyección silenciosa que Lúa había imaginado, todos gritaban y aplaudían con las escenas más conocidas. Era imposible seguir la peli, pero era lo de menos. Todos la habían visto, la gracia era verla en grupo. Gaby se disfrazó de princesa Leia con dos ensaimadas de verdad y Lúa, de Chewaka. Pensó que con el pelo que tenía le venía muy bien, y provocó la risa de todos, que no se hubieran esperado nunca que escogiera un disfraz así. También se molestaron en poner algún elemento de la saga para decorar el bar, y se sorprendieron al ver llegar a algún cliente disfrazado de soldado del imperio, o de Darth Vader. La verdad es que fue muy divertido. En las mesas había cuencos con palomitas para dar más sensación de cine y, bueno, para que la gente tuviera más sed y bebiera más. Cuánta maldad hay en el marketing…

– Pues ya tenemos arregladas las dos siguientes semanas, esto funciona muy bien- dijo Gaby con una sonrisa cansada al llegar a casa.

Era cierto, los martes solían tener el bar casi vacío y habían conseguido llenarlo hasta los topes. Lúa se estiró.

– Estoy muerta, chica. Tengo unas ganas de pillar la cama…

– Sí, yo también estoy cansada.

Las dos se marcharon a sus respectivas habitaciones arrastrando los pies.

Al día siguiente Gaby y Lúa giraron la esquina antes de llegar al bar y en seguida vieron que algo iba mal. La persiana del bar había sido reventada, las puertas estaban abiertas de par en par y una fina columna de humo que salía por ellas se elevaba hacia el cielo como un mal presagio. Un poco más allá había un camión de bomberos aparcado y varios bomberos iban y venían en un caos aparente.

– Ay, no…- susurró Gaby.

Las dos echaron a correr hacia el bar y se pararon en la puerta sin atreverse a entrar. No se veía fuego pero el  interior era una cueva ennegrecida. Se habían quemado las mesas, la barra, las paredes… Todo. Más quemado que un albino en el Caribe.

Un bombero que salía en ese momento las vio allí plantadas y se acercó a ellas. Tenía la cara tiznada de hollín y sudaba a mares.

– Aquí no se puede estar- dijo con autoridad.

– Es nuestro bar- dijo Gaby con desesperación-. ¿Qué ha pasado?

El bombero hizo una mueca.

– Todavía no lo sabemos seguro pero parece que ha habido un escape de gas.

Gaby comenzó a llorar y se tapó los ojos con las manos. Lúa la abrazó y su socia se aferró a ella con desesperación. Aquel bar era su vida y acababa de irse a la mierda.

– ¿Se ha salvado algo?- preguntó Lúa, aunque aparentemente la respuesta era negativa.

– Hay un pequeño almacén al fondo que no se ha visto afectado por las llamas. Las paredes parecen estar en buen estado, aunque tendremos que esperar a una valoración definitiva. Lo demás…- el bombero hizo un gesto hacia el interior- ya lo ves.

Sí, ya lo veía.

Capítulo 12

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