Lúa. Capítulo 12

Aquella fue una mañana infernal. Gaby llamó al seguro del local y le dijeron que enviarían un perito. Cuando los bomberos dieron por concluido su trabajo, las dos entraron cautelosamente, abrazadas como dos viejas, esquivando los numerosos escombros que tapizaban el suelo. Detrás de la barra, en las estanterías, quedaban los restos de las botellas que utilizaban habitualmente. El calor había hecho reventar el cristal. Lúa se acercó a uno de los carteles que adornaban las paredes, que milagrosamente había quedado entero. Solo tenía una punta un poco ennegrecida. Se acercó a él y lo descolgó con cuidado.

– ¿Qué haces? Deja eso, anda… Si no tiene arreglo.

– No digas eso…- Lúa pasó una mano por el cartel metálico con cuidado, ausente- Lo arreglaremos.

– Joder, Lúa… ¿Y cuánto tardaríamos en poner el local en marcha? ¿Cuánto nos costaría volver a dejar esto en condiciones? No creo que el seguro lo cubra todo… Además, cada día que no abrimos es un día que no ingresamos nada… Y todo esto…- señaló el montón de botellas rotas- ¿Tú sabes la pasta que cuesta reponer todas las existencias de bebida, comida…?

Lúa no contestó, pero se le escapó una lágrima solitaria. ¿Es que las desgracias tenían que venir todas juntas? Solo le faltaba que le creciera un testículo en la espalda… Necesitaba un respiro.

Se pasaron todo el día en el bar, esperando al perito del seguro y haciendo un inventario de lo que podía aprovecharse.

Los bomberos tenían razón, había una puerta al fondo que había hecho de cortafuegos y el pequeño almacén que había al otro lado estaba intacto. Allí guardaban las cervezas, los refrescos… Algo era algo.

A lo largo del día se fueron presentando los clientes habituales. Alucinaron al ver el bar completamente calcinado, y todos trataron de animar a las dos chicas que iban arriba y abajo mirándolo todo, apartando escombros, haciendo cualquier cosa para no tener que pensar en lo que se les venía encima.

– La madre que me parió…- dijo un asombrado Bruno desde la puerta- ¿Puedo pasar?

– Claro, pasa…- dijo Lúa con las manos manchadas de hollín.

– ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido?- preguntó él mirando a su alrededor.

– Dicen que fue un escape de gas. Hoy no vas a poder tomarte tu tónica aquí…- dijo Gaby con una sonrisa que terminó en medio sollozo.

Bruno se adelantó y la abrazó.

– Lo siento muchísimo, Gaby… ¿Hay algo que pueda hacer para ayudaros?

– Hombre, si tienes una lámpara mágica y te sobra un deseo…- dijo Lúa, perdida de hollín, desde la zona de la barra- Gracias de todos modos.

Bruno soltó a Gaby, que siguió apartando los restos de las mesas de en medio como un autómata, y fue con Lúa.

– Oye, tengo un ratito y me gustaría ayudar.

Ella le sonrió con ternura.

– No hace falta…

Bruno la hizo callar depositando una mano sobre su brazo.

– Ya lo sé, pero quiero hacerlo, ¿vale?

Lúa asintió sin decir nada, de repente se había emocionado. Le señaló un montón de escombros con la mano y entre los dos comenzaron a sacarlos fuera. Bruno terminó como un gato negro en un pozo de petróleo.

 

Para Gaby, aquello era el fin del mundo. Los siguientes días se metió en la cama y Lúa apenas consiguió hacerla salir para comer algo. Algunos amigos suyos pasaron a verla por casa, pero no consiguieron animarla, y al final terminó por arrastrar a su socia a la apatía. Lúa no podía creer que todo se le juntara: la muerte de Sebas, dejar la casa de Dani, perder el bar… ¿Por qué tenía que pasarle a ella todo lo malo? No dejaba de preguntárselo una y otra vez, y la respuesta siempre parecía estar al fondo del bote del helado. Sobre su hombro, su ángel y su demonio bebían whisky y lloraban sus penas, apoyados el uno en el otro.

Al cabo de dos semanas los del seguro llamaron para decirles la cantidad que iban a recibir como indemnización.

– ¡Hijos de puta, con eso no tenemos ni para pipas!- se quejó Gaby, indignada.

Las dos estaban sentadas en la mesa del comedor ante un café que no llegaron a tomarse. La casa estaba hecha un desastre: había ropa sucia tirada en el sofá, restos de comida en la mesita de centro, un par de cajas de pizza y latas de coca-cola tiradas por el suelo, todo aderezado con una cada vez más gruesa capa de polvo que lo cubría todo. Ideal bichos, para entrar a vivir. Lúa no decía nada, se limitaba a escuchar a su amiga, que no dejaba de soltar imprecaciones.

– Llevo un huevo de años en ese bar, ¿qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a vender el local, si parece una chistorra requemada? Nos van a dar cuatro duros, no vamos ni a cubrir la hipoteca… Yo no sirvo para trabajar para nadie, no soporto que me digan lo que tengo que hacer. ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿Trabajar de auxiliar administrativa? La madre que me parió…- Gaby se sujetó la cabeza con ambas manos.

A medida que la iba escuchando, Lúa se iba indignando más y más, hasta que al final se le hinchó la vena de la sien.

– Vamos a ver, Gaby, he puesto todas mis esperanzas en este bar y no voy a dejar que se vaya a la mierda a la primera de cambio- la rubia fue a decir algo pero Lúa no la dejó-. ¡Déjame hablar, coño! Vamos a arreglar el bar y lo volveremos a abrir. Tú y yo sabemos cómo hacer que funcione. Solo tenemos que arreglarlo y ya está.

Gaby soltó una carcajada irónica.

– Ah, claro, arreglarlo y ya está. ¿Tú sabes la pasta que vale eso? ¡No tenemos ni para empezar!

– Mira, hay cosas que podemos hacer nosotras mismas, como pintar, yo qué sé. ¡Venga, vamos a intentarlo!

– Tú te has escapado de la casa de la pradera y yo no lo sabía…- dijo Gaby sin fuerzas.

Lúa se levantó y dio un manotazo sobre la mesa. Casi se le saltó una lagrimilla de dolor, pero consiguió mantener el tipo. Tomó nota mental de dar un puñetazo la próxima vez.

– ¡Venga ya, reacciona! Yo sola no voy a poder, te necesito conmigo. Va…- la chica le tendió la mano a su amiga y Gaby la miró un momento, valorando cogerla o no.

Al final se la cogió y Lúa tiró de ella para hacerla levantar. Las dos se abrazaron en silencio.

 

En los siguientes días Gaby y Lúa se desesperaron haciendo números. Gaby tenía razón, con el dinero del seguro no les llegaba si querían hacer la cocina y los baños de nuevo, poner una barra, poner el suelo nuevo, pintar las paredes, poner lámparas nuevas, puertas nuevas, una persiana, mesas, sillas… Era demasiado.

– Es que tengo que pagar la hipoteca del piso, la del local, un crédito que pedí para hacer mejoras hace dos años…- la calculadora de Gaby echaba humo y las cuentas no salían por ninguna parte.

– No voy a permitir que todo se vaya a la mierda, te lo juro por mis muertos- Lúa se llevó el puño a la boca y lo besó como si fuera una promesa-. Esto lo remonto yo como que me llamo Lúa.

– ¿Y qué piensas hacer?- le preguntó Gaby con una mirada cansada.

– Ya verás…

 

Lúa se conectó con sus amigos de Lleida. Ya sabían lo del bar y todos estaban preocupados por ella. No era solo un empleo, era su bar. Por eso, cuando les pidió un “pequeño favor” no pudieron negarse.

– ¡Gaby! ¿Cómo pueden dormir cinco personas más en esta casa?

La aludida abrió unos ojos como platos.

– ¿Qué? ¿Vas a convertir mi casa en un hotel?

– Solo para obreros- sonrió Lúa.

 

El viernes después de comer llegaron los de Lleida. Se habían comprometido a ayudar todo el fin de semana a acondicionar el local. Lúa y Gaby les fueron a buscar a la estación de Sants y fueron directamente al bar, precariamente cerrado con unas cadenas que sujetaban los restos de la persiana y unos cartones. Cualquier día se encontraba okupas dentro… Pero no, podían estar tranquilas. Ahí no se metían los okupas ni cobrando.

Los amigos de Lúa entraron y contemplaron el desastre con estupor. Chechu no pudo evitar soltar un silbido de asombro, aquello sí que era irse para lo oscuro, y no lo de la discoteca. Gaby y ella ya se habían acostumbrado a ver el bar así y tomaron el control de la situación en seguida.

– Bueno, lo suyo es que esta tarde quede el local vacío de mesas, sillas, etcétera- comenzó Lúa-. Si encontráis alguna cosa que se pueda aprovechar, la dejáis allí- señaló un rincón-. Luego barreremos todo esto y lo prepararemos para comenzar a pintar mañana.

– Joder, la sargenta- se quejó Albert.

– ¡Cállate y curra, que a eso has venido!- le reprendió Katia.

Todos se pusieron manos a la obra y comenzaron a sacar basura fuera. Gaby había contratado un contenedor de esos para tirar escombros y lo habían dejado en la calle, justo delante de la puerta, como una bolsa de papel preparada para que vomiten dentro. Parecía que terminarían en seguida, pero se dieron cuenta de que allí había más tela que cortar de lo que parecía. La noche se les echó encima y cuando decidieron parar, todavía no habían terminado.

– Y mañana deberíamos traer alguna herramienta para sacar la barra- dijo Willy-. Una maza y unos guantes, o algo así, para irla rompiendo y poder sacarla fuera.

– Mierda, mañana por la mañana quería ponerme a pintar…- dijo Lúa con frustración, pero en seguida se animó- Bueno, se hará lo que se pueda. Vamos a casa.

Por suerte, el sofá de Gaby se podía convertir en una cama, así que se repartieron dos chicas en cada habitación y los tres chicos en el sofá, cosa que a Chechu no le gustó nada.

– Aquí vamos a estar tan pegados que lo difícil será que ninguno de nosotros termine porculado- dijo.

– ¿Cómo?- saltó Willy, fingiendo escandalizarse- Me parece que te vas a ir a dormir al baño, tío, yo no me meto contigo en una cama…

– Míralo, pues anoche no decías lo mismo, ladrón…- contestó Chechu guiñándole un ojo.

 

El fin de semana fue muy intenso, pero no les dio tiempo a terminar todo lo que se habían propuesto. De todas maneras, el domingo por la tarde, cuando decidieron parar, el local estaba despejado y habían pintado tres cuartas partes del mismo. A pesar de que no se callaban ni debajo del agua, los de Lleida curraban como desgraciados. Gaby y Lúa habían escogido unos tonos en crudo y burdeos para las paredes, que iban combinando para darle un aspecto cálido y acogedor. Antes de que se dieran cuenta llegó el domingo por la tarde. Hora de marcharse. En la estación, Willy abrazó a Lúa con todas sus fuerzas.

– Al final no hemos podido estar juntos- dijo con tristeza.

– Madre mía, ¿es que te hubieran quedado fuerzas? Yo estoy rendida.

Willy no dijo nada, pero le dio un beso en la mejilla.

– Venga, que ya han subido todos al tren- le apremió ella.

Willy se separó de ella y la miró fijamente. Luego le dio dos besos y se subió al vagón. Los demás ya estaban en la ventanilla saludando y gritando como energúmenos.

Cada vez que les veía marcharse, a Lúa se le partía el corazón. Gaby se colgó de su brazo mientras veía el tren alejarse.

– Tienes muy buenos amigos…- le comentó.

– Los mejores.

 

El lunes terminaron de pintar el local entre las dos y cuando terminaron, lo miraron satisfechas.

– A partir de ahora, poca cosa podemos hacer por nosotras mismas. Habrá que buscar a alguien que nos ponga una cocina nueva, los baños, una barra y el suelo.

Oyeron pasos entrando en el local y se encontraron con Bruno.

– Sí que habéis adelantado… No os importa que entre un momento, ¿verdad?

– Claro que no- dijo Lúa-. Ahora tenemos que buscar presupuestos para que lo pongan todo nuevo otra vez.

– ¿No se puede salvar nada?

– Buf, cómo se nota que no has visto la cocina…- comentó Gaby con una sonrisa triste.

– ¿Puedo?- preguntó Bruno señalando la zona de la cocina con un ademán.

– Tú mismo.

Bruno se paseó por la cocina y silbó al verlo todo ennegrecido e inservible. Estuvo abriendo algún armario y mirándolo con desagrado. Luego se fue al baño. Las dos chicas se miraron y se encogieron de hombros.

– ¿Tenéis un estropajo y algún limpiador fuerte?- su voz llegó con ecos desde el baño.

– Espera…

Gaby fue a buscar lo que Bruno le pedía y cuando entró en el baño se lo encontró rascando con la uña el hollín de las paredes distraídamente. Los baños estaban completamente negros, como si estuvieran de luto.

– ¿Qué estás haciendo?

Bruno cogió el estropajo y luego roció la pared con limpiador. Al rascar con ganas el negro comenzó a dar paso al color original de las baldosas. Luego hizo lo mismo con la encimera del lavamanos y el wáter. Lúa también se asomó dentro, y le pilló frotando el suelo, que también era de baldosa. En todos los lugares donde frotó, dejó una zona impecable.

– Creo que no tendréis que poner un baño nuevo, solo hay que limpiar bien- dijo él apartándose un mechón de pelo de la frente con el brazo para no mancharse.

Lúa se adelantó y le cogió el estropajo para frotar en alguna otra zona.

– Es verdad… Joder, esto nos va a ahorrar un montón de pasta. ¿Cómo se te ha ocurrido?

Bruno se encogió de hombros.

– Es que el otro día me pasó lo mismo en casa, con una olla que creía que era negra…

Las dos se echaron a reír.

– Oye, ¿te apetece ir a tomar algo?- le ofreció Lúa- Nosotras vamos a hacer un descanso. Bueno, tendremos que ir a otro bar.

– Qué rabia, ir a la competencia- dijo Gaby mordiéndose un puño en broma.

– Vale.

Gaby cerró el local como pudo y los tres se marcharon a buscar otro bar.

– Tenemos que poner una persiana nueva, pero ya. No me gusta nada dejar el bar así- comentó Gaby.

– Claro, podrían llevarse el hollín- dijo Bruno en cachondeo.

– ¡No seas tonto!- se rio ella- Podría colarse gente y llenarlo todo de grafitis, o dormir dentro y llenarlo de meados y tetrabriks vacíos de Don Simón.

Mientras caminaban por la acera charlando y riendo, Lúa vio a Dani, que venía por la otra acera con un par de bolsas del súper. Él no la vio, iba con la mirada en el suelo, pensando en sus cosas. Estaba tan guapo, el desgraciado…

Una farola salió de ninguna parte y golpeó a Lúa en la cara con premeditación y alevosía, haciendo que saliera rebotada hacia atrás y diera un par de pasos atontados para no caerse al suelo. Bruno y Gaby se volvieron a mirarla y a él se le escapó la risa. Los dos corrieron a sostenerla.

– ¿Pero qué te ha pasado?- le preguntó Gaby mientras le inspeccionaba la cara para ver que no se hubiera hecho nada- ¿Te has hecho mucho daño?

– Solo en el orgullo- dijo Lúa mirando de reojo en dirección a Dani, que gracias a Dios no se había dado cuenta de nada y seguía caminando con sus bolsas. Luego miró a Bruno con mala leche-. Me alegra hacértelo pasar tan bien…

– Lo siento- dijo Bruno entre risas-, es que no puedo evitarlo… Me sabe muy mal que te hayas hecho daño- se acercó a la farola y le dio un manotazo-. ¡Farola mala! ¡Mala!

Gaby también tuvo que reprimir una carcajada, y hasta Lúa sonrió. Aunque se estuviera riendo de ella, era gracioso.

 

Gaby pidió varios presupuestos para la cocina y los discutió con Lúa.

– Oye, he pensado que, ya que nos ponemos, podríamos mejorar la distribución del bar- comentó Lúa mientras chupaba una piruleta.

Se había hecho dos coletas, y llevaba una camiseta y unos pantalones de chándal manchados de hollín y de pintura. Estaba frotando con todo su empeño el suelo del baño, de rodillas, y así la había encontrado Gaby cuando llegó con los presupuestos.

– ¿Quieres cambiar la distribución?- Gaby no pudo evitar una mueca de disgusto.

Era su bar de toda la vida y quería dejarlo lo más parecido posible a como estaba antes.

Lúa se levantó y se sacó la piruleta de la boca un momento.

– Ven conmigo- Lúa se la llevó fuera del baño y comenzó a pasearse por el local diáfano, haciendo gestos con las manos para ilustrar sus explicaciones-. El local tiene forma de “L”. He pensado que la punta que queda al fondo, fuera de la vista de la barra, podría convertirse en una pequeña zona chill out, con sofás y cojines. La barra, podemos moverla un poco hacia allí y hacerla un pelín más corta y así cabría aquí una mesa más.

– Pero perderíamos un par de sitios en la barra…

– Ya, pero nuestra clientela es más de mesa que de barra. ¿Cuántas veces has visto la barra llena? Porque yo, nunca.

– Bueno, solo cuando hay fútbol…- Gaby miró la estancia con aprensión, imaginando la distribución que le estaba proponiendo Lúa.

Ella se dio cuenta de los reparos de Gaby, al fin y al cabo era su bar.

– Oye, no hace falta que lo decidas ahora. Y si quieres dejarlo igual que antes, a mí me parece bien.

– Lo de los sofás me ha gustado, y cabría mucha más gente que en un par de mesas- comentó Gaby mientras dejaba los presupuestos sobre una mesa plegable que habían improvisado en medio del local-. Bueno, he ido a cinco tiendas de cocinas y te traigo fotos que he hecho a los muebles de muestra.

– Qué eficiente… ¡Ay, me gustan estos muebles!

– Mira que buen gusto tiene la niña, estos son los más caros.

Las dos estuvieron discutiendo los distintos presupuestos largo rato y al final llegaron a una conclusión: la cocina no iba a estar de cara al público, así que no hacía falta que fuera demasiado bonita. Con que fuera funcional era suficiente.

– Solo la veremos nosotras, así que…- Gaby se encogió de hombros y escogió el presupuesto más barato.

– Tampoco es fea, ya está bien así. Sale bastante bien de precio. Además, todavía nos falta regatear.

– Ay, yo no sirvo para eso, me da un no sé qué… Que esto no es un zoco, Lúa.

– Vale, vale… Pero yo iré a la tienda a hablar con ellos, ¿Vale?

 

Gaby y Lúa se fueron de fiesta para celebrar lo que habían conseguido ahorrarse con la cocina. Lúa se había puesto a regatear en la tienda de muebles de cocina como si estuviera en un mercadillo. Gaby había pasado vergüenza, su amiga le echaba mucho morro al asunto, pero cuando vio el resultado tuvo que reconocer que lo había hecho bien. Las dos necesitaban algo de diversión, distraerse un poco. Salieron a tomar unas cervezas y luego fueron a bailar.

– Nunca había estado aquí, este sitio mola- comentó Lúa mientras bailaba como una loca.

– Sí, a ver si tenemos suerte y aparecen un par de pavos potables…

Lúa negó con la mano sin dejar de bailar.

– Ni de coña, yo no quiero saber nada de tíos en una buena temporada.

– Ay, nena, lo que te pierdes…- dijo Gaby mirando a un ejemplar de macho ibérico que acababa de llegar, y que le devolvió una mirada insinuante.

– Hija, esto sí que es llegar y moler…- dijo Lúa mirando al tipo, que ya se acercaba con aire chulesco- Me voy a la barra a tomar algo. Sé buena.

– Sí, hombre, aquí se trata de ser malísima- le contestó Gaby guiñándole un ojo.

Lúa se fue a la barra y se pidió un cubata. No quería estar en medio del ritual de apareamiento, solo faltaba que la salpicaran con el chuperreteo. Mientras esperaba que la sirvieran, alguien le puso una mano sobre el hombro y se giró. Por un momento creyó que estaba teniendo alucinaciones. ¡Dani! ¿Qué demonios estaba haciendo él allí? Había bebido más de la cuenta, a juzgar por la manera en que la miraba. Llevaba una camisa negra y unos tejanos que le hacían un culito respingón. Comenzaba a llevar el pelo demasiado largo, pero le quedaba muy bien, le daba cierto aire canalla que a ella, muy a su pesar, le encantaba.

– Lúa- se limitó a decir.

– Muy bien, has acertado- dijo ella con sarcasmo.

– Perdóname- al parecer hablaba poco para que no se le notara que arrastraba las sílabas, pensó ella.

Lúa le miró con enfado. Luego cambió su cara por una de total indiferencia.

– Claro, te perdono. ¿Por qué no?- él la miró confuso, sin comprender su repentino cambio de actitud, así que se lo explicó- Tú y yo ya no vivimos juntos. No me dejas ir a tu tienda ni vienes por mi bar, ni tenemos amigos en común. Tampoco vamos a quedar para ir al cine, así que ¿qué más da? No sé para qué quieres mi perdón si no vamos a volver a vernos.

Dani no contestó en seguida. Se quedó mirando el ombligo de Lúa mientras se tambaleaba y recuperaba el equilibrio a duras penas. Igualito que James Bond.

– Quiero contarte una cosa…- dijo mientras se apoyaba torpemente en la barra y tiraba la copa de la chica de al lado.

– ¡Oye, ve con cuidado, idiota!- le gritó ella mirándose el vestido de lycra estampado, todo manchado de cubata.

Un hombre se acercó abriéndose paso entre la gente y sujetó a Dani justo antes de que se cayera al suelo.

– Lo siento mucho, mi amigo no se encuentra bien- le dijo a la chica. Luego se volvió a Lúa-. Perdona a mi amigo, no está muy fino- finalmente miró a Dani-. Será mejor que nos vayamos a casa.

– No- protestó Dani con voz pastosa-. Estoy hablando con ella, ¿no lo ves?

– Dani, en estos momentos no pareces ningún playboy, créeme. Anda, vámonos.

El chico se llevó a Dani, sujetándolo para que no se cayera, mientras él protestaba y miraba a Lúa con impotencia. A ella le dio lástima verle así, a pesar de todo. Era como un pajarillo con el ala rota que necesitara que le cuidara y le metiera la lengua hasta el esófago. Estuvo a punto de ir con él y acompañarle a casa pero se contuvo y se reprendió a sí misma. ¿Es que no tenía orgullo? Ese era el tío que le había estado amargando la existencia, el que quería que se marchara de su casa.

De repente, ya no tenía ganas de estar allí. Buscó a Gaby y la encontró charlando con el tipo de antes. Le sabía mal interrumpir, pero la cogió por la muñeca para llamar su atención.

– Dime- le dijo ella, sonriente.

– Me voy a ir a casa. Tú quédate y pásalo bien.

A Gaby se le borró la sonrisa de la cara.

– ¿Pasa algo?

– No, no, de verdad. Es que no me encuentro muy bien. Mañana hablamos- Lúa le dio dos besos y se marchó.

Al salir a la calle buscó a Dani con la mirada, pero solo vio pequeños grupos de gente hablando mientras todos fumaban como carreteros. Una parte de ella respiró aliviada, aunque no sabía si era porque no quería verlo o porque le daba miedo volver a colgarse de él. Qué gilipollez, como si ya lo hubiera superado… Lúa se alejó por la acera y se cerró la chaqueta. Comenzaba a refrescar. Cuando giró la esquina oyó una discusión, y al levantar la vista vio al chico que se había llevado a Dani tratando de meterle en un coche, pero este se resistía con todas sus fuerzas. Lúa tenía muy claro lo que tenía que hacer: dar la vuelta y marcharse por donde había venido. Por eso le extrañó verse de repente al lado del coche.

– ¿Te echo una mano?- le preguntó al chico.

El amigo de Dani hizo que no con la mano.

– No, no, faltaría más. No quiere irse a casa, pero en seguida se le pasa- esto último, lo dijo sin demasiada convicción.

Dani la miró.

– Estás aquí… Entonces ya no estás enfadada- comenzaba a tener serios problemas para pronunciar las palabras de forma inteligible.

– No, no está enfadada- dijo su amigo como si estuviera hablando con un crío de cinco años-. Anda, ven conmigo.

– ¡Que no!- se reveló Dani, trastabillando.

Lúa se acercó a él.

– ¿Por qué no te metes en el coche?- le dijo con su voz más persuasiva- Si no, te tocará ir a buscar un bus nocturno. Yo no desaprovecharía la oportunidad.

– Solo me meteré en el coche si tú entras conmigo- dijo él con resolución mientras se apoyaba en la puerta del coche para no caerse.

– Esta chica no puede venir con nosotros- dijo el amigo de Dani mientras abría la puerta del coche y le empujaba dentro.

Dani se agarró a la carrocería del coche como un pulpo, era imposible hacerle entrar.

Lúa ya no tenía nada que hacer allí, si se daba prisa todavía cogería el siguiente bus nocturno para ir a casa… Por eso le sorprendió verse entrando al coche por la otra puerta.

– Dani, mira, ya estoy dentro. ¿Vienes conmigo?

– Bueno…- Dani se dejó caer sobre el asiento con la elegancia natural de los borrachos.

Lúa le puso el cinturón de seguridad mientras él murmuraba cosas ininteligibles. Su amigo silabeó un “gracias” antes de cerrar la puerta e ir al asiento del conductor. Cuando la chica trató de salir del coche, Dani la cogió del brazo con todas sus fuerzas. ¡Pues sí que era un pulpo!

– ¡No te vayas!

Lúa le miró y le dio tanta pena verle así… Cuando quiso darse cuenta, estaba ayudando a subir a Dani a casa por la dichosa escalera. Después de muchas penurias y un par de momentos de pánico, llegaron arriba y le metieron entre ella y su amigo, que se llamaba Nando, en su habitación. Lo dejaron caer sobre la cama como si fuera un saco de patatas, pero él cogió a Lúa del brazo y no la soltó. Cosas de pulpos. Nando, que ya estaba en la puerta, volvió con ellos.

– ¡Dani, ya está bien!

– No pasa nada, ahora saldré yo- le dijo Lúa con una mirada tranquilizadora.

Nando se encogió de hombros y salió de la habitación, cerrando la puerta al salir.

– Dani, tengo que irme.

– No, no, me has perdonado, tienes que quedarte.

A Lúa se le escapó la risa.

– ¡Pero estamos en tu cama, que no te enteras! Venga, ponte el pijama y a dormir.

Dani se sentó en la cama y miró a su alrededor, desorientado, como si no reconociera su propia habitación. Si ella misma no supiera que lo era, habría pensado que Nando le había llevado a una casa que no era la suya. Lúa, sentada a su lado, pensó que si no salía pitando de allí, perdería todo lo que había avanzado en pasar de él. Dani tenía los ojos acuosos y tristes como los de un perro de babas, y ella se decepcionó y escandalizó a sí misma cuando se vio desabrochándole la camisa como si fuera su madre. Al quitársela, tuvo que hacer un esfuerzo por no mirar su torso. Ni morderlo, ni nada. Ni siquiera un lametón.

– Venga, Dani, a la cama…- le dijo con paciencia.

Dani se dejó caer hacia atrás, con las piernas colgando. Lúa suspiró y se agachó ante él para quitarle los zapatos. Luego, siendo un poco perversa, le desabrochó los pantalones y se los quitó estirando por los bajos. Dani se quedó solo con unos calzoncillos bóxer negros de algodón. Estaba para comérselo con cachelos, el pulpo este…

– Me voy, Dani. Buenas noches.

– Noooo, quédate un ratitooooo…

Era evidente que no podía quedarse.

 

Lúa se despertó con los rayos del sol tocando su cara. Por un momento miró a su alrededor desorientada y vio que tenía un brazo posado sobre su cintura. Ay, madre, al final se había quedado. No había pasado nada, evidentemente. Dani se había quedado inconsciente casi al instante y ella también se había dormido, a pesar de que creía que sería incapaz. Lo que no recordaba, pensó mientras miraba hacia abajo, era haberse quitado los pantalones. Menos mal que llevaba unas bragas decentes, y no las de dibujos animados… Cuando giró la cara se encontró con Dani mirándola entre somnoliento, sorprendido y cauteloso. Se comportaba como si tuviera al lado un ciervo y no quisiera asustarlo. Ella se lo quedó mirando. Tenía mala cara y, a juzgar por cómo entrecerraba los ojos con el sol que entraba por la ventana, tenía una resaca bastante decente.

– Tienes una pinta horrible- le dijo ella sin cortarse un pelo.

– Eh… es posible…- él retiró el brazo que tenía posado sobre la chica y se pasó las manos por la cara y el pelo rápidamente, con escaso resultado.

Dani seguía mirándola expectante y Lúa en seguida se dio cuenta de que no recordaba nada de la noche anterior. Tuvo que reprimir una sonrisa al pensar que el pobre debía de estar preguntándose qué había pasado entre ellos la noche anterior, y decidió ser un poco mala. El diablo de su hombro le susurró un par de cosas al oído.

– ¿No vas a decir nada de lo que ha pasado?- preguntó, mirándole fijamente.

Dani miró rápidamente en todas direcciones, como si hubiera un cartel en alguna parte que le pudiera dar alguna indicación de lo que había pasado allí. Solo fue un instante, luego volvió a mirarla.

– ¿Tú estás bien?- preguntó para salir del paso.

– ¿Es que tengo mala cara?

– No, no… No sé, estamos aquí y…

– ¿Sí…?- le animo ella a continuar o, más bien, a ponerse la soga al cuello.

– Que si va todo bien.

– Va todo lo bien que puede ir dadas las circunstancias…- ella decidió pincharle un poco más- ¿Qué hay de lo que me dijiste anoche? ¿Sigue en pie?- improvisó.

– ¿A qué te refieres, de todo lo que te dije?- dijo él para sacar algo más de información.

Lúa sonrió maliciosamente.

– ¿Es que no te acuerdas?

Dani puso cara de circunstancias.

– No mucho…-su intento de hacer ver que se acordaba de todo se desmoronó finalmente- Lúa, no te enfades, pero es que no recuerdo nada. No sé qué ha pasado, ni qué hacemos aquí juntos… ¿Tú y yo hemos…?- no se atrevió a terminar la pregunta.

Lúa decidió dejar de torturarle.

– ¿Tú qué crees? ¡Claro que no! Te encontré borracho como una cuba en la discoteca, ayudé a Nando a traerte aquí, me pediste que me quedara un rato y me quedé frita. Deja de soñar.

La expresión de confusión desapareció de su cara y se levantó. ¿Aliviado? ¿Decepcionado? Lúa le imitó y se puso sus tejanos rápidamente.

– Gracias por todo. ¿Eso quiere decir que ya no estás enfadada conmigo?

– Ya te lo dije ayer, ¿qué más te da si te perdono o no? No vamos a vernos más.

Dani se llevó una mano a la sien y se la masajeó suavemente.

– Me gustaría hablar contigo… Cuando el enanito de dentro de mi cabeza deje de darme martillazos.

– ¿Para qué?- ella terminó de calzarse y no pudo evitar mirar fugazmente la guitarra, que reposaba silenciosa sobre una silla. Un millón de malos recuerdos cruzaron por su cabeza. Se acercó a Dani y le rozó la mejilla con un dedo- Dejémoslo aquí- abrió la puerta-. Adiós.

Lúa salió al pasillo y Dani fue tras ella.

– Quédate a desayunar, al menos. Puedes ducharte si quieres.

– Prefiero ducharme en mi casa- lo dijo sin pensar, pero a Dani le sentó como una patada en el culo.

Él dejó de seguirla y Lúa se marchó con un regusto amargo en la boca. Pero, ¡qué demonios! Aquello ya no era su casa.

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Una respuesta a Lúa. Capítulo 12

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