Lúa. Capítulo 10

Lúa volvió a trabajar pero se notaba que estaba ausente. Casi no contestaba a las bromas de los habituales y cuando le preguntaron a Gaby qué le pasaba, les dijo que tenía un familiar ingresado en el hospital. Todos trataron de darle ánimos a la chica pero eso casi la agobió más y les pidió por favor que no hablaran de ello. Cuando salía del bar pasaba por casa a ducharse, cogía una muda de ropa y se marchaba al hospital, a pasar la noche junto a su primo. Directamente, sin pasar por la casilla de salida. Por la mañana se levantaba con la sensación de haber dormido sobre un pedregal y hacía compañía a Sebas hasta que se le hacía la hora de ir a trabajar. No hacía otra cosa que ir del bar al hospital y del hospital al bar.

Dani no la vio en toda la semana, incluso la llamó para saber de ella. Lúa le explicó lo que estaba haciendo y él le dijo que por lo menos pasara a dormir por casa alguna noche pero fue en vano. El sábado por la mañana Dani se levantó y la encontró limpiando el baño.

– ¿Qué haces?- preguntó sorprendido.

Lúa le miró sin dejar de trabajar. Tenía ojeras y en general su rostro se veía apagado como una tele en una isla desierta.

– Esta semana le toca a Sebas limpiar el baño, así que lo hago yo en su lugar.

– Déjalo estar, ya lo haré yo. Vete a dormir, ¿quieres?

– No puedo, luego tengo que ir al hospital- dijo ella sin mirarle.

Dani la cogió de la mano y le arrebató el estropajo empapado de antical de la mano.

– Anda, ven conmigo. Yo iré al hospital esta mañana.

La llevó de la mano a su cuarto y la hizo tenderse en la cama.

– Quiero que duermas hasta que se te quiten esas ojeras que me llevas. Si Sebas se despierta y te ve así se va a morir del susto.

Ella sonrió a su pesar.

– Vaya, tú sí que sabes hacer que una chica se sienta guapa- dijo mientras se ponía de lado, de cara a él.

– ¿Quieres que te tape?

– No, así está bien. Hace calor.

– Te abriré la ventana.

Dani se inclinó por encima de ella y abrió la ventana. Luego le pasó una mano por el cabello y se marchó. Lúa ya se había dormido.

Lúa se despertó en medio de la noche. Estaba desorientada y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. El hospital. Sebas llevaba tres semanas en coma y ella estaba hecha polvo. La había despertado un ruido, alguna enfermera del turno de noche pasando por el pasillo con el carrito de las medicaciones, o un asesino en serie tratando de arrancar su motosierra…

Un suspiro la hizo ponerse en pie de un salto. Se inclinó sobre Sebas con los ojos como platos y vio que se movía ligeramente.

– Sebas…- susurró mientras le acariciaba el pelo con suavidad, casi con miedo.

Él abrió los ojos y la miró como si acabara de despertarse de la siesta. Ya no llevaba aquel vendaje aparatoso y casi parecía que todo había sido un mal sueño.

– ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí?- Sebas miró a su alrededor desorientado- ¿Dónde estoy?

Lúa se le tiró al cuello rompiendo a llorar.

– ¡Sebas, cuánto te he echado de menos!- le abrazó tan fuerte que él se quejó de que le hacía daño- Perdona, perdona- dijo separándose un poco.

– ¿Qué ha pasado, por qué estás así? ¿Estoy en un hospital?- su última pregunta tenía un deje de incredulidad pero las sábanas con el nombre del centro bordado contestaron por su prima.

Ella asintió.

– Tuviste un accidente de tráfico y has estado en coma tres semanas. Menudo susto me has dado… Joder, Sebitas, ibas drogado hasta las cejas. Te podías haber muerto, ¿sabes?

La chica no pudo evitar volver a abrazarle mientras él trataba de asimilar toda la información que acababa de darle.

– ¿He estado tres semanas en coma?- repitió con incredulidad.

– Sí, y tus padres están hechos polvo. Por cierto, me han estado machacando a saco por el tema de la droga, los médicos se lo contaron- Sebas se llevó las manos a la cabeza y se las pasó por el cabello rápidamente, como despidiéndose de él. Porque cuando viera a su padre se le iba a caer el pelo, seguro-. Casi que te sale más a cuenta volver a caer en coma que enfrentarte a ellos, tío.

– No me jodas, no me jodas…

Lúa se levantó.

– Oye, voy a avisar a alguien para que vengan a verte- se inclinó y le dio un beso en la mejilla-. Me alegro de que vuelvas a estar conmigo.

Volvió a darle un beso, se incorporó y salió rápidamente de la habitación. El pasillo estaba desierto, debían de ser las tres de la mañana o así. Lúa se acercó corriendo hasta la recepción y se encontró a una enfermera con cara de aburrirse como una ostra leyendo una revista de cine.

– ¡Mariela, Sebas se ha despertado!

Mariela levantó la vista de la revista de golpe, como si la hubiera despertado, y su cara pasó del aburrimiento a la alegría en un microsegundo.

– ¿De verdad? ¡Vamos a verle!

Mariela llamó un momento por teléfono para que se acercara el médico de guardia y fue con Lúa a la habitación.

– ¡Sebas!- le saludó alegremente cuando le vio sentado en la cama.

Él la miró un poco cohibido, no tenía ni idea de quién era. Es más, cuando vio aquella mole vestida de blanco acercarse a él tan rápido se encogió un poco, temiendo que le aplastara.

Mariela frenó en el último momento e hizo algunas comprobaciones rutinarias de su estado, mientras no dejaba de hablar como una cotorra.

– Claro, tú no te acuerdas de mí pero llevo casi un mes cuidando de ti. Lo olvidado, ni agradecido, ni pagado… Tienes que saber que Lúa ha estado aquí todas las noches durmiendo en ese potro de tortura- señaló el sofá-, tienes mucha suerte de que alguien se preocupe tanto por ti. A ver si vas con más cuidado- le recriminó con la mirada mientras le tomaba el pulso-. Ahora viene el doctor y te dará un repaso.

Sebas miró a Lúa mientras Mariela le tomaba la tensión.

– ¿Qué clase de repaso? Oye, dile al doctor ese que yo soy hetero…

Ella se echó a reír.

– Por lo que a mí respecta, estás como una rosa. Yo me voy a lo mío y os dejo solos para que podáis hablar. Hasta luego.

Mariela salió de la habitación bamboleando su trasero y Sebas respiró aliviado.

– Joder, qué estrés de mujer… ¿De verdad que has dormido aquí todo este tiempo?

– Claro, no iba a dejarte solo para que viniera alguna modelo a abusar de ti. También se han pasado Dani y Gaby. Y los de Lleida bajaron un día, también. Tus padres bajan dos veces por semana pero como vienen de día no coincidimos.

Porque si coincidimos, mis escupitajos volarán hacia su cara como una bandada de golondrinas tan densa que tapará la luz del sol, pensó.

– ¿Y mis amigos?- se interesó él.

Lúa torció el gesto.

– Mira, no sé si sabían lo del accidente pero por aquí no han aparecido. Como tampoco tenía sus teléfonos, no les he podido llamar.

Él la miró con aire reprobador.

– A ver, podrías haberlos mirado en mi móvil…

Lúa frunció el ceño. ¡Y un huevo de pato!

– Si estás aquí es por su puta culpa, no quiero volver a verlos cerca de ti. Esta vez va en serio, Sebas, casi te quedas tieso de una sobredosis.

La puerta se abrió y entró un médico calvo con gafas, bajito y cara de buena persona.

– Hola, Sebas. Me han dicho que te has despertado, ¿es eso cierto?- bromeó. Luego miró a Lúa- ¿Podrías esperar fuera un minuto?

– Claro.

Ella salió al pasillo y aprovechó para llamar a sus tíos y a sus padres. Era una hora intempestiva pero la noticia era lo suficientemente importante para despertarles. La madre de Sebas se echó a llorar de alivio al oír que su hijo había despertado. Lúa se paseó hasta la máquina de chucherías mientras hablaba por teléfono y compró una chocolatina. Para Sebas. Cuando colgó el teléfono oyó carreras por el pasillo de la planta. Vaya, algo le habría pasado a algún paciente. Lo que es la vida, pensó, unos se recuperan, otros se van a tomar por el papo… Mientras volvía a la habitación de su primo vio que la puerta estaba abierta. Se oía mucho trajín dentro. Preocupada, aceleró el paso y se encontró con un montón de personal alrededor de Sebas, tratando de reanimarle. Él estaba inconsciente otra vez, y por cómo se afanaban todos, estaba muy mal. Lúa todavía pudo ver cómo un médico levantaba en el aire las típicas palas que tantas veces había visto en las películas cuando alguien tenía un ataque al corazón, justo antes de que una enfermera la viera plantada en el pasillo y corriera a cerrar la puerta. Lúa dejó caer la chocolatina al suelo y se llevó las manos a la cara, incapaz de reprimir las lágrimas. No podía ser, si hacía un minuto estaba bien. ¡No podía ser…!

Lúa no supo cuánto tiempo había pasado cuando la puerta volvió a abrirse, pero por las caras de los médicos dedujo que todo había terminado. Mariela se adelantó y le dio un abrazo de oso que le cortó la respiración. Lúa rompió a llorar desconsoladamente.

Los siguientes días fueron como una pesadilla de la que no podía despertar. Volver a llamar a sus tíos y a sus padres para decirles que Sebas había muerto. Ir a Lleida para el velatorio y el entierro. Todos sus amigos arropándola mientras ella no dejaba de llorar. La cara de su tía, que le recriminaba en silencio que le hubiera dado esperanzas para arrebatárselas al cabo de un momento. Dani y Gaby en un rincón de la sala, silenciosos… Apenas era capaz de distinguir las caras y las palabras eran murmullos sin sentido.

De repente, sin saber cómo ni por qué, volvía a estar en casa. Dani le preparó una manzanilla que ella miró con ojos ausentes. Le estaba diciendo algo.

– ¿…Azúcar?

Ella asintió levemente y Dani le puso una cucharada de azúcar. Luego se sentó a su lado y le cogió una mano. Volvió a decirle algo pero ella no le oía. Pensó que debía de tener una cara horrible. Todavía llevaba puesto el vestido negro del entierro. No recordaba haberse despedido de nadie, ni haber vuelto en tren. No recordaba a su madre suplicándole que volviera a Lleida.

– ¿Me estás escuchando?- le preguntó Dani.

Ella le miró por primera vez, casi sin reconocerle con aquel traje negro, la camisa blanca y la corbata oscura. Estiró las manos y comenzó a aflojarle el nudo de la corbata, hasta que lo deshizo y se la quitó. Luego miró su vestido y no soportó verse vestida así. Parecía una cucaracha. Se levantó y se fue al cuarto a cambiarse sin decir palabra. El vestido iba cogido a un lado con un lazo que ella deshizo de un tirón, y lo mismo hizo al otro lado, dejando que se abriera como si fuera una bata. Luego cogió una camiseta y un pantalón corto y se los puso. Cuando volvió a salir se encontró con Dani en la puerta.

– ¿Estás bien?

Ella asintió y se echó a llorar.

La semana siguiente los padres de Sebas pasaron por el piso a recoger sus cosas. Lúa había entrado primero en su habitación y había hecho desaparecer las revistas guarras, la cachimba hecha con una botella de plástico y alguna cosilla más que ellos no comprenderían. También se quedó con varios objetos personales que consideró que debía guardar ella: algunas fotos, su diario, su camiseta de la suerte, un cerdito de goma…

Los padres de Sebas se encerraron en su cuarto, y ella y Dani les oyeron llorar a lágrima viva mientras empaquetaban sus cosas. Se quedaron a comer, Dani preparó alguna cosa y fue la comida más triste de su vida. Estuvieron recordando anécdotas de Sebas, recuerdos felices, de cuando eran pequeños y su abuela los perseguía, zapatilla en mano, porque habían hecho alguna trastada.

Los días se arrastraron penosamente hasta convertirse en semanas. Lúa volvió a ser ella misma poco a poco. En el bar todos notaron su cambio paulatino y respiraron aliviados cuando volvieron a oír sus melódicos gritos. Sus mejillas recuperaron el color y sus ojos volvieron a brillar, aunque a veces se le nublaban y se quedaba mirando al infinito.

– Me alegro de que hayas vuelto- le dijo un día Bruno al oírla darle un corte a un listillo que le había pedido el número de móvil.

– Siempre he estado aquí…- dijo ella, desconcertada.

– No- dijo él con seguridad-. Ahora estás aquí.

Lúa subió a tomar el sol un domingo por la mañana. Ya no hacía tanto calor pero todavía se estaba bien al sol, así que se estiró sobre su toalla y puso el mp4 en marcha. Le estaba dando vueltas a su última idea para el bar, una maratón de pelis, o de series, o algo así. Se preguntó hasta qué punto algo así subiría las consumiciones o se limitaría a dejar a la gente anclada en sus mesas durante horas con la misma coca-cola todo el rato. Se lo comentaría a Gaby, a ver qué pensaba. A lo mejor podían hacerlo un martes, o uno de esos días tontos que el bar estaba medio vacío. Al menos lo llenarían, ¿no?

Con el rabillo del ojo detectó un movimiento y al girar la cabeza descubrió a Dani, que la miraba estupefacto desde la puerta. Lúa gritó entre sorprendida y asustada y se levantó de un salto, cogiendo la toalla del suelo para cubrirse. Solo llevaba puesta la braguita del bikini. El mp4 saltó por los aires de felicidad.

– ¿Qué estás haciendo aquí?- le preguntó levantando la voz.

– ¡Joder, lo mismo podría preguntarte yo!- replicó él.

Ella se fijó en que llevaba su guitarra a la espalda.

– ¿Has subido a tocar?

– No…- dijo Dani con muy poca convicción.

Lúa cogió su camiseta y se la puso por encima de la toalla con más o menos problemas. Dio un tirón a la misma y la toalla cayó al suelo. Después se puso los pantalones rápidamente.

– Bueno, pues nada, tú me ves las tetas pero yo no puedo escucharte tocar porque es muy íntimo– hizo unas comillas imaginarias con las manos al decir esto último.

– ¿Me las hubieras enseñado voluntariamente?

Claro que sí, so memo.

– ¡Claro que no, so memo!- exclamó ella, indignada.

– Pues entonces estamos igual- dijo él, poniendo punto final a la discusión.

Lúa recogió la toalla del suelo y comenzó a enrollar el cable de los auriculares en torno al mp4, que todavía estaba convaleciente del golpe.

– Ya te dejo solo para que puedas no tocar…- dijo ella con retintín, y se marchó.

A la hora de comer se reunieron los dos en la mesa de la cocina para comer un plato de pollo con verduras. Comieron en silencio hasta que Dani dejó los cubiertos sobre el plato y miró a Lúa.

– Hay algo de lo que deberíamos hablar- dijo con cautela.

– ¿Qué?

– Tendríamos que ir pensando en alquilar la habitación que queda…

Lúa dejó de comer y le miró.

– La habitación de Sebas– recalcó de mala leche.

– Sebas ya no está y tendríamos que alquilar la habitación. Ha pasado un mes y medio.

– Bueno, pues olvidemos a Sebas y a la mierda con todo- dijo dejando los cubiertos sobre el plato con más fuerza de la necesaria.

Dani se inclinó hacia delante apoyando los codos en la mesa.

– Mira, podemos empezar con algo más light, una conocida de un amigo mío necesita un lugar solo por quince días. Podríamos alquilarle la habitación. Es una manera de empezar sin tener que comprometernos. ¿Qué te parece?

Lúa aguijoneó el plato con el tenedor sin llegar a comer nada, aunque consiguió aterrorizar a las verduras. Al final lo dejó a un lado y miró al infinito.

– ¿Acaso tengo opción?- dijo, rindiéndose.

– Gaby, por favor, pégame un tiro…

Lúa estaba pasando un trapo por la barra y Gaby lavaba un par de vasos. El bar estaba bastante tranquilo.

– En el fondo sabes que tiene razón, que hay que pasar página y seguir adelante. Es mejor que no conviertas esa habitación en un santuario, cuanto más tiempo pase sin que la ocupéis, más difícil te será aceptarlo.

Gaby tenía razón pero ver a una extraña durmiendo en la cama de Sebas le parecía una especie de sacrilegio.

– Además, ¿ahora por qué quiere meter a otra tía en casa, si le costó Dios y ayuda aceptarme a mí?

– Lúa…- Gaby le puso una mano en el hombro- Igual lo hace por ti, para que te sientas más a gusto. Estás rabiosa y ahora todo te parece mal. Trata de relajarte un poco.

– Gaby tiene razón- intervino Bruno.

Gaby tiene razón– repitió Lúa con voz de falsete, ridiculizándole-. Métete en tus asuntos, Bruno.

– Solo intento echarte una mano. Últimamente te quejas por todo y me estaba preguntando si es que te estás haciendo vieja o te ha salido una úlcera.

– Es verdad, se te va a poner cara de vinagre- intervino un viejo sentado al lado.

El abuelo soltó una carcajada y se escondió tras el periódico que tenía delante.

Gaby enarcó las cejas y desvió la vista mientras soplaba y se le hinchaban los carrillos. Lúa iba a matarles.

Pero no fue así. Lúa se apoyó sobre los codos delante de Bruno y le miró con tristeza.

– ¿Es así como me ves?

Seguramente no era la reacción que Bruno esperaba porque se removió en el taburete, incómodo. Cogió una servilleta de papel y comenzó a doblarla cuidadosamente, por hacer algo con las manos.

– Tú eres una tía muy alegre, Lúa, pero últimamente, sí, estás muy cascarrabias. ¿Dónde te has dejado el buen humor?

Lúa ladeó la cabeza y miró a Gaby.

– ¿Tú piensas lo mismo?

Gaby asintió lentamente, con cautela. La chica hundió la cabeza sobre los hombros, dejando un barullo rizado sobre la barra.

– Qué desastre…

– Mira, tal vez no sirva de mucho pero…- Bruno le tocó la mano y cuando ella levantó la cara se encontró con una florecita de papel.

La había hecho con la servilleta. Lúa le dedicó a Bruno una sonrisa radiante.

– Eres un encanto.

– ¿Sí? Díselo al mundo- Bruno señaló a la calle-, a ver si me sale novia.

Lúa se rio.

– A mí no me mires, yo no salgo con clientes, pero se lo diré a todas las chicas guapas.

– Cóbrate, anda.

Bruno se sacó un billete de la cartera y Lúa le cobró la tónica. Él le dejó de propina más de lo que costaba la consumición.

– Ya te falta menos para la casa en la montaña- le dijo guiñándole un ojo.

– Un chico así te iría bien- comentó Gaby cuando se marchó.

– Es muy joven para mí…

– Qué va, si tiene veintiocho años, que me lo dijo un día. Trabaja en una editorial.

– Va, va, no me líes, que bastante liada estoy ya- Lúa cogió el trapo y terminó de pasarlo por la barra.

– Es mono…- dijo Gaby como para justificarse.

Bruno tenía razón, tenía que ser más positiva. Lúa se fue a casa tarareando una canción y subió las escaleras hasta casa de dos en dos. Si hacía las cosas que solía hacer cuando estaba contenta, volvería a sentirse más feliz. Esa era su teoría.

Dani había preparado la cena y la estaba esperando.

– Hola, Lúa…- dijo desde la silla de la cocina.

Una fuente de cous-cous y otra con ensalada la estaban esperando en el centro de la mesa.

– Mmm, qué buena pinta tiene eso…- Lúa abrazó a Dani por detrás y le dio un sonoro beso en la mejilla.

Luego se sentó a cenar ante la mirada sorprendida de su compañero de piso.

– ¿Y eso…?

– Nada, me han echado bronca- dijo Lúa mientras se servía una generosa porción de cous-cous-. ¿Cuándo has aprendido tú a hacer cous-cous?

– Lo busqué por internet y vi que era muy fácil. ¿Quién te ha echado bronca?

– Un cliente. No sabía que miraras recetas por internet, estás hecho un cocinillas…- ella inclinó la cabeza hasta que tocó en el hombro de Dani, solo un momento.

– Mira, me aburría… ¿Por qué te ha echado bronca? ¿Y por qué estás tan contenta?

– En pocas palabras, me ha dicho que me estaba convirtiendo en una amargada, y no pienso permitirlo. Se acabó el mal rollo, ¡Lúa ha vuelto!- levantó un puño hacia el techo como si fuera una estrella del rock.

– ¿Lúa ha vuelto? Pues dile a Lúa que esta mañana se ha dejado encendida la luz del baño.

– Lúa te envía saludos y te dice que la luz te la has dejado tú, listillo- Lúa se lo quedó mirando-. Joder, menuda espinilla te ha salido en la frente…

Él se llevó la mano a la cara instintivamente.

– ¿Se ve mucho?

– Si fueras una chica siempre tendrías la opción de ir con las tetas al aire y nadie lo vería pero, sí, se ve mucho.

– ¿Esa era tu táctica? Me hubiera gustado verte en el instituto, en plena crisis de acné…- dijo Dani con sorna.

– ¿Para qué, si ya me has visto en la azotea?- replicó ella cínicamente- Ahora tengo más, nene.

Cuando terminaron de cenar Dani se fue al sofá y Lúa al baño. Al poco apareció con unas gasas.

– ¿Y eso?- preguntó él.

– Para quitarte la espinilla, ¿para qué va a ser?

Lúa se sentó de rodillas al lado de Dani y aplicó los dedos envueltos en gasa. En la espinilla. Tuvo que pensárselo.

– A ver… Hostia, lo que cuesta…

– ¡Ay!- se quejó Dani.

– Espera, espera…- Lúa se sentó a horcajadas encima de él y se elevó por encima para tener una buena vista de la espinilla.

Mientras apretaba el punto negro Lúa sacó la lengua igual que hacen los niños pequeños cuando se esfuerzan en hacer alguna cosa laboriosa, como un macarrón de plastilina.

– Déjalo, Lúa- dijo Dani, incómodo.

– Un momento, que ya casi la tengo…- Lúa apretó un poco más y la espinilla salió junto con un hilillo blanco, como si fuera pasta de dientes saliendo del tubo- ¡Ya está! Qué bien te has portado, ¿a que no ha sido tan grave?

Lúa le dio un beso en la frente y luego le metió los dedos entre el pelo y lo estiró  con delicadeza.

– Tendríamos que cortar este pelo pronto…

– ¡Quítate ya, coño!

Dani la apartó de un empujón y ella cayó al sofá de una forma desagradablemente familiar. Dani se puso en pie de un salto.

– ¡Joder, Lúa, que no quiero que me toques, ni que me quites granos, ni que me cortes el pelo, ni que nada! ¡Me pones enfermo!

Lúa le miró en silencio desde el sofá, como una niña pequeña a la que acaban de darle un buen rapapolvo. Estaba a punto de llorar. De hecho, si no se hubiera levantado y se hubiera ido corriendo a su habitación él la habría oído sollozar. ¡Maldito anormal…!

Capítulo 11

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