Capítulo 1

La luna creciente iluminaba tenuemente el bosque, dándole a los árboles y a las piedras cubiertas de musgo una textura aterciopelada. Era un bosque antiguo, que había visto nacer y morir imperios. Los árboles milenarios recordaban historias sobre los primeros hombres. El olor a madera y a tierra húmeda impregnaba el aire. Cualquier otra noche habrían podido oírse los grillos, algún búho, un animal escabulléndose entre las sombras, el viento sacudiendo las ramas de los árboles. Pero aquella noche, no. Una quietud extraña, sobrenatural, lo cubría todo como una losa. Era como si el bosque entero contuviera el aliento. De repente, el sonido de una rama al romperse. El crujido de unas hojas secas al ser aplastadas. Dos sombras aparecieron de improviso, corriendo, trastabillando, jadeando. Una mujer y una niña pequeña. La mujer cogía a la niña de la mano y tiraba de ella, casi haciéndola volar cuando la pequeña no podía seguir su ritmo. Después de caerse varias veces la niña iba llena de arañazos y de mugre. Tenía la cara bañada en lágrimas y se sorbía los mocos como podía mientras corría. La mujer tiraba de ella sin prestarle atención. En su cara se leía la desesperación. Su larga melena, tan negra como la noche, ondeaba como una bandera al viento, y su capa estaba hecha jirones de todas las veces que se le había enganchado en los matorrales. A lo lejos empezó a oírse un rumor. La mujer saltó un desnivel y cogió a la niña en brazos para bajarla. Siguieron corriendo entre la maleza hasta que la niña tropezó y se cayó al suelo. Dejó escapar un grito y se llevó las manos a la rodilla despellejada. La mujer se arrodilló a su lado.

– No es nada, cielo. Levántate- dijo con apremio.

La niña no se movió, se encogió en un ovillo y empezó a llorar con fuerza. El rumor se hizo más fuerte, y empezaron a distinguirse gritos y ladridos. La mujer miró atrás con terror y volvió a hablar a la niña, apremiante:

– ¡Por favor, tienes que levantarte!

La cara de la niña estaba contraída en una mueca de dolor.

– No puedo correr más. Estoy cansada- se sorbió los mocos ruidosamente-. ¡Quiero irme a casa!

“¿Qué casa?”, pensó la mujer amargamente. Su casa se había quemado hasta los cimientos y, de todas maneras, estaban a cientos de kilómetros de allí. Le pasó una mano por el pelo y tomó una determinación. Se levantó y, no sin esfuerzo, cogió a la niña en brazos. Corrió un trecho cargando con ella y tuvo que parar, exhausta. Mientras recuperaba el aliento se lo pensó mejor y cuando reanudó la marcha se la cargó al hombro como un saco de patatas. Los gritos se oían cada vez más cerca. Al volver la vista atrás vio el resplandor de las antorchas a lo lejos. Apretó los dientes y siguió avanzando, pero iba demasiado lenta. Al llegar a un riachuelo paró y dejó a la niña en el suelo. Se puso en cuclillas para ponerse a la misma altura y le cogió la carita con las manos.

– Escúchame. Quiero que sigas este río corriente abajo. No te pares por nada, y no mires atrás.

La niña la miró sin comprender.

-… ¿No vienes conmigo?

– No puedo, tengo que quedarme aquí.

La niña se abrazó con fuerza a la mujer.

– ¡No me dejes sola!

La  mujer la apretó contra su pecho y le dio un beso en el pelo mientras las luces de las antorchas se reflejaban en sus pupilas. Luego se separó un poco para poder mirarla a los ojos.

– No pasa nada, mi vida- la niña la miró con sus ojos de color ámbar y la mujer sintió que se le rompía el corazón-. Yo me reuniré contigo pronto.

Se oyó un ladrido muy cerca.

– Pero no sé dónde…

– ¡Vete!- le gritó la mujer, dándole un empujón.

La niña se quedó paralizada.

– Mamá…

– ¡Corre!

La niña se sobresaltó y echó a correr por la orilla. La mujer vio cómo se alejaba y al poco la perdió de vista.

La niña corrió con todas sus fuerzas siguiendo el riachuelo, que zigzagueaba entre la vegetación. De fondo se oían gritos cada vez más lejanos. En uno de los giros resbaló y se cayó al agua. En aquel tramo apenas le llegaba por las rodillas, así que se quedó un momento sentada en el agua helada, demasiado cansada para levantarse. Entonces oyó a su madre gritar y volvió la vista atrás. Un gran resplandor verdoso le cegó los ojos. Asustada, se levantó dando un traspiés y continuó corriendo. Corrió y corrió durante mucho tiempo. Hacía rato que ya no se oía nada. La niña estaba cansada y muerta de frío. Se paró a beber agua del riachuelo y luego se internó en la maleza buscando un lugar donde descansar. Tras un rato andando encontró un pequeño escondrijo entre unos matorrales y una gran roca. Apenas se estiró en el suelo se quedó dormida.

Cuando despertó el sol estaba alto. Tenía los músculos entumecidos. Se estiró, despertando su cuerpo a un dolor sordo, y se miró. Su vestido estaba sucio y destrozado, se notaba el cabello oscuro apelmazado alrededor de la cabeza y tenía el cuerpo lleno de magulladuras. Se le había formado una costra oscura de sangre seca en la rodilla. Las lágrimas acudieron a sus ojos otra vez. Se levantó con una mueca de dolor y echó a andar hacia el riachuelo. Los primeros pasos fueron muy dolorosos, especialmente por la herida de la rodilla, pero luego fue entrando en calor y el dolor disminuyó a un eco lejano. Se lavó en el agua y se limpió cuidadosamente las heridas, mordiéndose el labio inferior para no gritar.

– Mamá…

Miró corriente abajo. Su madre le había dicho que siguiera la corriente del río. Pero ella se había quedado atrás. Miró corriente arriba. Tras pensárselo durante cinco latidos de corazón empezó a remontar el río para ir a buscarla. Después de un rato caminando le entró hambre, pero como no quería entretenerse buscando comida se limitó a beber agua hasta llenarse el estómago. El bosque ofrecía un aspecto muy distinto a la luz del día, y no estaba segura de poder reconocer el punto en el que se habían separado durante la noche. Ya empezaba a pensar que se había pasado de largo cuando, de improviso, se abrió un gran claro en el bosque. No estaba allí la noche anterior, y enseguida se fijó en que la tierra estaba negra. El claro era un círculo perfecto con el centro justo en la orilla del riachuelo. No había ni rastro de los arbustos, y de los árboles tan sólo quedaban troncos absolutamente quemados. Desperdigados por el claro había no menos de una docena de cadáveres calcinados. El olor era insoportable. El zumbido de las moscas revoloteando alrededor de los cuerpos se le antojó ensordecedor. La niña dejó escapar un grito y se alejó corriendo tan rápido como pudo. Cuando se quedó sin aliento se apoyó en un árbol y vomitó. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano y se quedó allí, apoyada contra el tronco y llorando desconsoladamente. Jamás había visto nada tan horrible. ¿Qué había pasado? ¿Estaría bien su madre? Tardó un buen rato en serenarse y pensar con claridad. Aunque la sola idea le daba pánico, sabía que tenía que volver. Tal vez encontrara alguna pista, algo que le indicara dónde podía estar su madre. ¿Y si estaba muerta? No, no podía ser. Sacudió la cabeza para librarse de ese pensamiento y se dirigió por segunda vez al claro. Esta vez se quedó justo en el borde, sin atreverse a entrar. Los cuerpos estaban demasiado quemados para ser reconocibles desde donde estaba pero acercarse más ya era demasiado pedir. Entonces se dio cuenta de que había un claro rastro de pisadas que se dirigía al centro y luego volvía a salir por otro punto. Siempre evitando entrar en la zona quemada, la niña se dirigió al lugar en que las huellas se adentraban en la espesura y las siguió. Era bastante fácil, ya que debía de tratarse de un grupo bastante numeroso y habían dejado atrás una alfombra de plantas pisoteadas. La niña fue tras el rastro unos cien metros. Iba tan concentrada mirando el suelo que no vio lo que había delante hasta que casi lo tuvo encima. De un árbol colgaba un cuerpo inerte. La suave brisa hacía que se meciera perezosamente. Era su madre. La habían ahorcado. La niña se quedó petrificada. Abrió la boca para gritar pero no salió ningún sonido de su garganta. Se acercó lentamente al cuerpo y alargó la mano para tocar un pie, que quedaba por encima de su cabeza. Sólo lo rozó levemente, como si tuviera miedo de romperlo. De pronto las lágrimas acudieron como un río que se desborda. Se dejó caer al suelo y se quedó hecha un ovillo al pie del árbol, llorando y llamando a su madre a gritos. Permaneció así durante mucho tiempo, hasta que volvió a hacerse de noche, y al final se quedó dormida de puro agotamiento.

La despertó el canto de los pájaros por la mañana. Por un momento creyó que todo había sido una pesadilla y que de un momento a otro oiría a su madre preparando el desayuno, pero nada más volver la vista arriba la vio, colgando como un títere sin vida. El desamparo se apoderó de la niña, que se quedó sentada abrazada a sus rodillas con la mirada perdida, llorando. No sabía qué hacer, dónde ir. Ni siquiera sabía dónde estaba. No quería separarse de su madre. No sabía por qué le habían hecho aquello. La recordaba recogiendo plantas por el bosque, jugando con ella en el prado, cosiendo a la luz de las velas… ¿Por qué iba a querer nadie hacerle daño? El hambre empezó a colarse entre sus pensamientos. La niña no quería moverse de allí y estuvo luchando un rato contra esa sensación, cada vez más acuciante. Al final el hambre pudo más y se obligó a levantarse. El día anterior no había comido nada y sentía un vacío atroz en el estómago. Se sintió culpable por pensar en comer pero si no se llevaba nada a la boca pronto se desmayaría. Al alejarse echó una última mirada atrás para despedirse de su madre y entonces vio algo brillar con el rabillo del ojo. Estaba en el suelo, al pie del árbol. Se acercó con cautela y vio que era un colgante de color negro en forma de lágrima. Era de su madre. Lo cogió y, apretándolo contra su pecho como si le fuera la vida en ello, se alejó arrastrando los pies. Se obligó a centrarse en conseguir comida. En aquella zona crecían arbustos con bayas de color rojo pero como no sabía si eran comestibles las dejó. El bosque era tan espeso en aquella zona que le costaba avanzar, tenía que andar apartando con las manos las ramas de los arbustos. Después de caminar un rato encontró unas zarzas con moras y se comió todas las que pudo, aunque no la dejaron saciada. Luego recordó que su madre utilizaba las raíces de cierta planta para preparar sopa y no le fue difícil encontrar algunas. Las llevó al riachuelo para lavarlas y se las comió. El sabor era espantoso y la textura, fibrosa y desagradable, pero al menos le llenaron el estómago. Luego se sentó a la orilla y contempló durante largo rato el colgante de su madre. Era todo lo que le quedaba de ella. Con delicadeza se lo colgó del cuello y se lo metió por debajo del vestido para notar el suave tacto del mineral pulido contra su piel. Estaba frío. Empezó a mecerse lentamente adelante y atrás y se quedó sumida en sus pensamientos un rato. Cuando alzó la vista ya estaba atardeciendo. Sería mejor que encontrara un lugar donde pasar la noche cuanto antes. Miró a su alrededor y fue como si viera el bosque por primera vez, frío, oscuro y amenazador, lleno de sonidos extraños. No quería alejarse demasiado del riachuelo, así que fue a explorar los alrededores. El suelo estaba húmedo y se cayó un par de veces al resbalar en alguna roca. Sólo le faltaba romperse una pierna, así que decidió ir más despacio y mirando bien dónde pisaba. Las sombras empezaban a alargarse y no veía ningún sitio donde pudiera cobijarse. Le pareció oír algo a la derecha y gritó sobresaltada. Lo que fuera que aguardara tras los matorrales se asustó más que ella, ya que se alejó rápidamente entre un torbellino de hojas agitándose. La niña decidió que necesitaba algo para defenderse. Cogió lo primero que encontró, una piedra. Un poco más tarde la cambió por una rama bastante recia que encontró en el suelo. La limpió de pequeñas ramitas que nacían a ambos lados y dio un par de golpes al aire para probar su nueva arma. Satisfecha con el cambio, prosiguió su marcha. El palo también le sirvió para apoyarse cuando el terreno se volvía más escarpado y para apartar algunas ramas y ahorrarse arañazos. El cielo ya era de un azul turquesa intenso y todavía no había encontrado ningún lugar que le ofreciera protección, sólo árboles altísimos y matorrales llenos de pinchos. Empezó a tener miedo de perderse en la oscuridad. O mejor dicho, de perder el riachuelo, porque aparte de aquel punto de referencia no tenía ni idea de dónde estaba. Se había alejado tanto que ya no oía el sonido del agua. Estaba a punto de volver sobre sus pasos cuando llegó a un pequeño claro. En el centro se alzaba un árbol enorme, con el tronco tan ancho que podría haberse echado sobre el tocón con los brazos estirados sin tocar los extremos. Las raíces, tan anchas que no podía abarcarlas con los brazos, estaban parcialmente desenterradas, y dejaban un amplio hueco debajo. La niña se acercó cautelosamente e inspeccionó el espacio. No quería encontrarse con ninguna alimaña dentro, o con una miríada de bichos asquerosos. Parecía que no había nada pero dio unos golpes dentro con el palo por si acaso. No pasó nada. Suspirando, la niña se metió entre las raíces. Dentro se encontró un agradable lecho de hojas secas que se le antojaron las sábanas de una lujosa cama. Al sentarse en medio del lecho se dio cuenta de lo mucho que le dolían los pies. Se había pasado todo el día caminando. Intuyó más que vio que iba llena de nuevos arañazos y magulladuras. Al día siguiente lo primero que haría sería ir a lavárselas. Por el camino había recogido todo lo que había encontrado para comer y lo que no se había comido al momento lo había ido guardando en los bolsillos. Tenía moras, madroños, un par de setas y una raíz. En realidad había visto muchas setas, pero sólo se había atrevido a coger aquellas que reconoció claramente como comestibles. Su madre le había enseñado a reconocer algunas especies que ponía en sus guisos. Se lo comió todo menos la raíz, que guardó para el día siguiente, en parte por previsión y en parte, porque estaba llena de tierra y no le apetecía nada comerse aquello. Después de comer se durmió rápidamente. Apenas tuvo tiempo de pensar que desde donde estaba las raíces del árbol parecían una enorme mano huesuda que se cernía sobre ella…

La claridad la despertó. Kendra se puso en pie rápidamente y se sacudió las hojas de encima. La mente de la niña decidió mantenerse ocupada con cualquier cosa para no tener que pensar en su madre, era demasiado doloroso y tenía que sobrevivir. Con la luz de la mañana su guarida le pareció mucho más acogedora. Los rayos del sol se colaban entre las raíces e iluminaban una estancia mayor de lo que le había parecido cuando la encontró. En algunas zonas ni siquiera alcanzaba a tocar el techo con las manos. Cuando salió de debajo del árbol vio que el suelo del claro estaba tapizado por una suave hierba salpicada de flores silvestres. Parecía una alfombra, y se paseó descalza por la hierba para disfrutar del rocío colándose entre los dedos de sus pies. El árbol gigante se alzaba majestuoso en el centro. El tronco era muy nudoso y una parte de la corteza estaba cubierta de hiedra. Las ramas empezaban desde muy abajo, así que la niña pudo encaramarse sin problemas a la primera y continuar su ascensión hasta que tuvo una buena panorámica del bosque, por encima de las copas de los demás árboles, aunque no estaba ni mucho menos en lo alto del árbol. Desde allí arriba se veía el riachuelo, que estaba más cerca de lo que pensaba, y a lo lejos se intuía el claro calcinado donde… Se obligó a mirar hacia otro lado. El bosque era inmenso y se extendía en todas direcciones hasta donde llegaba la vista. Tan sólo al oeste se divisaba algo que podría ser un pueblo, pero estaba muy lejos. Mejor, porque la idea de encontrarse rodeada de gente después de la persecución que había sufrido le daba pánico. Una persecución que había durado muchos días. Y que había terminado con la vida de su madre. La niña miró abajo y de pronto sintió un vacío en el estómago. No se había dado cuenta de lo mucho que había subido. Inconscientemente se aferró con más fuerza a la rama a la que se estaba sujetando y estudió la manera más segura de bajar. Muy lentamente y tomando todo tipo de precauciones fue bajando de rama en rama. Un par de veces se encontró con que la siguiente rama quedaba muy lejos y tenía que dar un brinco. La primera vez casi se cayó, y se agarró al tronco con fuerza. Tuvo que esperar a que el corazón recuperara su ritmo normal para poder continuar. La segunda vez necesitó largo rato para decidirse a saltar. Esta vez lo hizo un poco mejor, y a partir de allí ya no tuvo mayores problemas. Cuando llegó al suelo estaba exhausta. Se sentó a descansar un rato con la espalda apoyada contra el tronco y luego cogió la raíz que había recogido el día anterior y se dirigió al riachuelo. Como había visto dónde se hallaba desde arriba no tuvo problemas para encontrarlo. Una vez allí sació su sed, se bañó, lavó la ropa y por último lavó y se comió la raíz con angustiosa lentitud mientras tomaba el sol y su ropa se secaba colgada de una rama. Era una suerte que hiciera buen día porque estaba a mediados de otoño y los días nublados comenzaba a hacer un poco de frío. Una vez la ropa estuvo seca se vistió y volvió al árbol gigante. Por el camino recogió toda la comida que pudo encontrar y la dejó en el hueco debajo del árbol. Y ya no tuvo nada más que hacer. Se sentó sobre la hierba y cerró los ojos. Esperaba que su madre pudiera hablarle desde el cielo. Darle algún consejo, una guía. Consuelo. Se concentró. Podía oír pájaros… Algunos insectos… Una ardilla subiendo por un árbol… El viento meciendo las hojas… Esperó. Y esperó. Y siguió esperando. Y se hizo de noche. Su madre no le habló. Tal vez no la hubiera encontrado aún. Al fin y al cabo, el bosque era muy grande. Se metió en su escondite, se comió gran parte de sus provisiones y se tapó con la hojarasca del suelo para abrigarse un poco. Estuvo pensando en su madre hasta muy tarde. También pensó en su casa.

La casa de la niña estaba muy lejos y no sabía cómo ir. Y aunque hubiera podido volver sólo habría encontrado los restos quemados de su hogar. Su casa estaba en la ladera de una colina, cerca de un pueblo. Era un lugar maravilloso, donde podía correr todo el día arriba y abajo por el bosque que la rodeaba. Muchas veces acompañaba a su madre a coger hierbas medicinales que utilizaba para hacer ungüentos, infusiones y más cosas. Su madre era sanadora. Mucha gente del pueblo se acercaba a verla para pedirle ayuda, y era muy querida por todo el mundo. Aplicaba cataplasmas, hacía jarabes para mil cosas, sabía coser heridas y colocar en su sitio los huesos. Muchas veces se iba al pueblo, pero sólo dejaba que la niña la acompañara en contadas ocasiones. La mayoría de veces la dejaba sola en la casa, jugando con su muñeca. Luego, por las noches, hacía cosas para que todos los problemas se solucionaran más rápido. La niña no sabía exactamente qué hacía, pero su madre le había advertido que no podía hablar de aquella parte de su trabajo con nadie. Pero, ¿hablar de qué? Kendra tenía que encerrarse en su cuarto siempre que su madre estaba trabajando, y sólo conseguía oír algunas palabras que sonaban como piedra rascando contra piedra si pegaba la oreja a la puerta. Todo eso parecía ser más efectivo que las cataplasmas y los jarabes, porque cuando lo hacía la gente se curaba muy rápido. Y la niña estaba segura de que traía suerte a la gente. Unos campos castigados por las lluvias torrenciales daban milagrosamente buenas cosechas, un marido dejaba de engañar a su esposa, alguien encontraba aquel objeto tan valioso que había perdido…

Un día la niña estaba jugando junto al fuego cuando su madre entró de improviso.

– Kendra, tengo que ir a por unas hierbas. ¿Quieres venir conmigo?- la niña la miró sin mucho interés- Pasaremos por el prado.

La pequeña se levantó de un salto. Le encantaba ir al prado, y su madre nunca la dejaba ir sola porque estaba muy lejos.

– ¡Vale!- gritó abalanzándose sobre la puerta.

Por el camino su madre iba tarareando y la niña tarareaba con ella los trozos de la canción que se sabía. De vez en cuando la mujer se paraba aquí y allá y llamaba a la niña para enseñarle alguna hierba que necesitaba.

– Esto es arceno. Fíjate en las hojas, son un poco peludas por la parte de abajo. Tócalas.

La niña pasó la mano con cuidado por el reverso de una hoja.

– Parece terciopelo…- su madre asintió.

– Sirve para quitar el dolor de cabeza y también alivia las varices. Mira a ver si encuentras más.

La niña entonces se ponía a corretear arriba y abajo buscando más plantas como aquella. Cuando encontraba alguna gritaba de placer y llamaba a su madre.

– ¿Es ésta?

– Sí, cariño. Coge sólo las hojas.

Su madre le había enseñado a coger sólo lo que necesitaba. Nunca arrancaba una planta de cuajo, siempre cortaba unas ramas con cuidado, o recogía unos cuantos frutos, o hacía un pequeño corte en un tallo y recogía la savia en un frasco.

Cuando llegaron al prado la mujer dejó la cesta que llevaba en el suelo y se sentó a descansar. Kendra empezó a correr arriba y abajo dando volteretas. ¿De dónde sacaría tanta energía? La mujer suspiró y sacó un par de manzanas que se había traído de casa. Agitó una con la mano para atraer a la niña. Kendra se acercó corriendo e intentó coger la manzana sin pararse siquiera pero su madre la apartó de su alcance en el último momento.

– No, no, no. Si quieres la manzana, te quedas aquí conmigo. ¿No ves que te va a sentar mal si no paras de moverte?

Kendra se sentó en la hierba a regañadientes y cogió la manzana que le tendía su madre. Estuvieron las dos comiendo y hablando de cosas sin importancia. La niña recordaba el sabor de la manzana en su boca, la brisa despeinándole el pelo, su madre riendo… Aquel había sido el último momento feliz que había tenido. De regreso a casa iban en silencio, cada una sumida en sus pensamientos, cuando Kendra vio una columna de humo más adelante.

– Mamá, ¿qué es eso?- preguntó señalando el humo con la mano.

Su madre dejó caer la cesta y se llevó las manos a la boca.

– ¡Dios mío…!- susurró, y a continuación salió corriendo por el camino.

Kendra se quedó un momento perpleja y luego echó a correr tras su madre, que se perdió de vista tras un recodo. Por más que se esforzó no consiguió alcanzarla hasta que llegó a casa. Tras el último giro antes de llegar a casa se paró en seco. La casa estaba en llamas. Su madre estaba plantada delante, a unos metros de la puerta. Miraba el fuego con intensidad y gritaba palabras ininteligibles mientras movía los brazos. Estaba tan concentrada en lo que hacía que el sudor perlaba su frente. En un momento dado gritó más fuerte y extendió los brazos hacia la casa. El fuego empezó a remitir lentamente. Las llamas cada vez eran más bajas y en un abrir y cerrar de ojos tan sólo quedaban pequeñas llamas residuales. Kendra presenció toda la escena en silencio, conmocionada. Sólo reaccionó cuando vio a su madre trastabillar y caerse al suelo. Entonces corrió hacia ella y se arrodilló a su lado.

– ¡Mamá! ¿Estás bien?

– … Estoy bien, sólo un poco mareada- la mujer se quedó mirando lo que quedaba de su hogar con impotencia y no pudo contener las lágrimas. La niña también se puso a llorar.

Se pasaron un rato en el suelo abrazadas. Luego la madre de Kendra ordenó a la niña que se quedara fuera y entró en la casa en busca de alguna cosa que se hubiera salvado. Kendra se quedó sentada mirando la casa, en estado de shock. Todas sus cosas, toda su vida estaba allí. ¿Qué iba a ser de ellas ahora? ¿Adónde irían? Mientras tanto la mujer empezó a rebuscar entre los escombros buscando cualquier cosa que no se hubiera quemado. En el comedor no encontró nada. Luego fue a su habitación, y después a la de Kendra. Cuando salió llevaba un par de mantas y una bolsita con algo de dinero. Eso era todo lo que les quedaba. Abrazó a la niña, que seguía llorando quedamente y, sin decir palabra, la llevó al pueblo de la mano.

Al llegar al pueblo enseguida notaron que algo no iba bien. Todo estaba demasiado silencioso. Pararon en una casa y llamaron a la puerta. Nadie contestó. La madre de Kendra se asomó a la ventana y apenas pudo reprimir un grito.

– ¿Qué pasa?- preguntó Kendra acercándose.

– ¡No vengas, Kendra!- le gritó su madre levantando una mano en dirección a la niña. Demasiado tarde. Kendra pudo distinguir los cadáveres a través del cristal.

– ¡Están muertos! ¡Mamá, están todos muertos!- gritó histéricamente mientras su madre la apretaba contra su pecho. Le costó un buen rato poder separarse de su madre, a la que se había agarrado con desepero.

Tardaron poco en comprender que todo el mundo había muerto. Los cadáveres tenían sangre todavía fresca saliéndoles por las orejas y los ojos. Kendra quería salir de allí, pero su madre se empeñó en pasar por una última casa antes de irse. La puerta estaba abierta y la madre fue directamente a una habitación. Apartó una mesita y abrió una trampilla que había debajo. El pequeño hueco que había debajo estaba vacío. La mujer metió la mano dentro, como si quisiera asegurarse de que no había nada.

– ¿Qué buscas? ¿Quién vive aquí?- Kendra había bajado muchas veces al pueblo, pero aquella casa no le sonaba de nada.

Su madre no contestó, y se limitó a hacerle un gesto para que tuviera paciencia. Luego entró en todas las habitaciones para ver si había alguien, pero estaban todas vacías. Eso la tranquilizó un poco. Cogió a Kendra de la mano.

– Vámonos de aquí.

– ¿Dónde vamos?

– De momento, al pueblo de al lado.

Estuvieron caminando varias horas, y la mujer tuvo que cargar con la niña en algunas ocasiones, cuando ésta estaba demasiado cansada. Después de mucho andar el camino comenzó a ascender por la suave pendiente de una loma desde lo alto de la cual al fin divisaron el pueblo. No estaba muy lejos pero cuando llegaron ya casi no había luz. Las calles estaban desiertas y se temieron lo peor. Entonces empezaron a oír el murmullo de muchas voces hablando a la vez y respiraron aliviadas. A lo lejos vieron un montón de gente discutiendo en la plaza del pueblo. Estaban bastante exaltados. La mujer se paró y miró alrededor.

– Kendra, espérame ahí detrás. No te muevas y no hables con nadie. Yo vendré a buscarte enseguida.

– Pero yo quiero ir contigo…

– Hazme caso. Te prometo que no tardaré- sin dar opción a réplica, le dio un beso en la frente a Kendra y se dirigió a la plaza con paso ligero.

Desde donde estaba, Kendra no alcanzaba a distinguir lo que decían, pero al parecer la llegada de su madre al grupo causó un gran revuelo. Ella empezó a hablar y la gente empezó a asentir. Una mujer incluso la abrazó. Luego varias voces se alzaron airosas y empezaron a discutir acaloradamente con ella. Las miradas se tornaron recelosas. La madre de Kendra empezó a gritar, desesperada, pero su voz se perdió entre otros muchos gritos. La gente estaba muy enfadada. De repente, la madre de Kendra echó a correr ante la mirada estupefacta de la muchedumbre. No en dirección a su hija, si no en otra. La gente empezó a correr tras ella y se perdieron de vista entre las calles. Kendra no sabía qué hacer. Decidió hacer caso a su madre y quedarse donde estaba. De repente oyó pasos detrás de ella. Se giró sobresaltada y su madre tuvo que ponerle la mano en la boca para ahogar su grito.

– ¡Chssssst! Ven por aquí- susurró.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí tan rápido?

Por toda respuesta, su madre le guiñó un ojo. Echaron a andar rápidamente y salieron del pueblo en el sentido contrario al que había ido la turba.

– ¿Qué ha pasado?- preguntó Kendra cuando estuvieron lejos.

– Lo que ha pasado es que la gente es estúpida y supersticiosa. Eso ha pasado- dijo la mujer sin mirarla. Estaba muy enfadada-. Al parecer no les ha gustado que seamos las únicas supervivientes de nuestro pueblo. Bueno, que yo sea la única superviviente porque, por suerte, no te han visto.

Así empezó su huida. Al principio les fue bastante bien, porque la madre de Kendra susurraba aquellas palabras extrañas de vez en cuando y podían avanzar dos días enteros sin cansarse, o la turba les perdía el rastro. Pero a los pocos días empezó a tener unos horribles dolores de cabeza que le impedían concentrarse y madre e hija empezaron a perder terreno. Poco a poco, como un barril de agua que gotea. Hasta que las alcanzaron en el bosque.

Kendra se quedó dormida al fin bajo el montón de hojarasca.

Capítulo 2

16 respuestas a Capítulo 1

  1. lailai dijo:

    Ole!!!ole i ole!!! La intriga se huele en el aire!!!

  2. Catalina dijo:

    Queee?? Ya se ha terminado el capitulo? Quiero seguir!!!!
    Me encanta Vanessa!!!! Si, Si.

  3. Albert dijo:

    Molt gran Vanessa! t’animo a que continuis escrivint! 😉

  4. Mo & Pa dijo:

    ……Orgullo y emoción…… ( Gracias RequeFer).

    Eres lo mas grande…..junto a tu diamante y “laperla”.

    Sigue con los capítulos y a TRIUNFAR!.

  5. me encanta la intrigaaaaaaaaaaa

  6. Pingback: Capítulo 8, reseña y mis pies, que se han colado | Al otro lado de las llamas

  7. musica101 dijo:

    Pero chica, como se te ha ocurrido esta linea!?
    “La luna creciente iluminaba tenuemente el bosque, dándole a los árboles y a las piedras cubiertas de musgo una textura aterciopelada.”
    Alguien se va a fijar, tarde o temprano, dijiste mientras te deshacías pensando cual iba a ser la primera linea… Pues te digo, lo has logrado.
    No se que, pero lo lograste!
    Ahora, y solo con el fin de incendiar tu mente, es ese el comienzo que quieres para tu primera experiencia? Estas segura que quieres pasar a la eternidad con esto? Es posible que no esté a la altura del libro o que sea demasiado… como debes haber sufrido. Cuéntame, como fue el proceso, lo tenias claro de antes? fue quizás en medio de una dedorrea justo a la mitad del libro? o es lo último que pusiste?
    Que impertinencia, tanta pregunta, si quieres borra todo esto, no me voy a molestar.
    Saludos!

  8. requefer dijo:

    ¡Creo que le has dado más vueltas tú al asunto que yo! Fue lo primero que escribí, la verdad, presa de un ataque de dedorrea que no sabía adónde iba a llevarme. Nunca me lo pienso demasiado para ponerme a escribir porque si no, no escribo nada. Luego me interesó la historia y pensé, ¿qué pasará ahora? Tenía un pequeño guion donde también iba apuntando alguna escena o alguna frase que quería que saliera en algún momento. La verdad es que el guion no era demasiado concreto, era algo así como “Algo pasa en un bosque aterciopelado”.
    Después de leerte pienso que tal vez debiera ponerme tacones para estar a la altura de este inicio, no sé.
    ¡Gracias por invertir unos minutos de tu vida en mi novela!

  9. Pingback: Comentarios y boloñitos | Al otro lado de las llamas

  10. Héctor Julio Rodríguez dijo:

    Lo bueno es que dan ganas de seguir leyendo y eso es muy importante. Tienes al lector concentrado en la temática y uno quiere saber cuál es el final. Felicitaciones de verdad. Héctor Julio Rodríguez.

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