Lúa. Capítulo 7

Por la mañana Sebas se llevó una bronca de padre y muy señor mío. Estaba sentado en la mesa del comedor y Lúa caminaba arriba y abajo delante suyo gesticulando sin parar. El sol que entraba por la ventana hacía brillar sus rizos cuando pasaba por delante y les arrancaba reflejos dorados. Él ni siquiera se acordaba de la noche en que había tenido que ir a buscarle, su último recuerdo era estar en la discoteca con sus amigotes. Lúa le explicó lo que había pasado, cómo había tenido que llevarle a casa con la ayuda de Dani y las pastillas que le había encontrado.

– ¡Me juraste que no volverías a tomar drogas!- le gritó Lúa al pobre Sebas, que se sujetaba la cabeza con ambas manos como si le fuera a explotar.

– Eso no es nada, Lúa, es para ponerme un poco a tono…

– ¿Sí? Ya veo que te han puesto muy a tono, sí… ¡Del mismo tono que un tomate, te han puesto! ¡Te han vuelto a pegar! ¿No te das cuenta de que esto va a terminar mal?

Lúa siguió abroncando a su primo durante lo que a él le parecieron años, y Sebas cada vez estaba más encogido en la silla. Los gritos de Lúa iban in crescendo. Cuando creía que no podía gritar más fuerte, ella le sorprendía con un do sostenido que le reventaba los tímpanos.

– ¿Qué hago contigo?- le preguntó ella al final, cansada- ¿Te ato a la pata de la cama para que no salgas? ¿Llamo a tus padres?- la cara de Sebas terminó de desencajarse- ¿Qué hago?

– Tienes razón, Lúa, tienes razón en todo… Por favor, no le digas nada a la familia, solo conseguirías hacerles daño. Te prometo que no volveré a tomar pastillas- Lúa le miró sin creerle-. De verdad, confía en mí…

– Ya confié en ti- dijo ella secamente.

– ¿Y qué quieres que haga, cómo te puedo demostrar algo que todavía no ha pasado? ¡Joder, confía un poco…!

Sebas se levantó de la mesa y se fue a su habitación malhumorado. Al cabo de nada Dani entró en el comedor.

– ¿Cómo estás?- le preguntó.

Ella trató de ignorarle pero sus ojos no podían mentir. Estaba muy preocupada por Sebas.

– Siento haberte… tratado así anoche.

Vaya, ahora se arrepentía. ¿Hoy se había tomado la medicación, el señor?

– Olvídame, ¿quieres?- le espetó Lúa pasando delante suyo para ir al cuarto.

Dani trató de hacer las paces con ella varias veces, y Lúa siempre le daba con la puerta en las narices. Al final se presentó en casa el miércoles a media mañana para hablar con ella, dejando a Toni solo en la tienda. Cuando llegó la oyó cantar y sonrió. Parecía que estaba en la cocina. Dani la llamó por su nombre para que no se asustara al verle y entró en la cocina, donde la encontró limpiando la encimera. Llevaba puesta una enorme camiseta que le dejaba un hombro al aire y no parecía llevar nada más debajo. Frotaba la encimera con energía mientras cantaba y hacía girar su cabeza en círculos. Su cabello volaba en todas direcciones como si fuera un ventilador.

– Lúa- repitió Dani pero ella no pareció oírle.

En cambio se puso a saltar moviendo los brazos arriba y abajo. La camiseta flotaba a su alrededor sin desvelar si llevaba algo debajo o no. Al final ella debió verle con el rabillo del ojo porque pegó un grito a lo Whitney Houston y se quitó los auriculares de un manotazo, dejando que colgaran del cuello de la camiseta.

– ¿Qué coño haces aquí?- le preguntó hostilmente.

Mierda, ya había vuelto a pillarla haciendo tonterías. El mp4 iba a ir a la basura, pero ya.

– Quiero hacer las paces contigo.

– Tengo cosas que hacer- dijo ella girándose y poniéndose a limpiar otra vez.

De pronto sintió la mano de él sobre su muñeca, haciéndola parar. La cara de Dani era tan lastimera que casi se echó en sus brazos pero se contuvo.

– Por favor… Ya sé que parezco un poco neurótico a veces.

– ¿Pareces?- Lúa dejó el estropajo y se puso la mano en la cadera mientras se apoyaba en la encimera con la otra y cruzaba las piernas- ¿Qué quieres decir, que no lo eres?

– Vale, soy un poco raro, no pretendo que me entiendas pero… ¿No podrías tolerar estas pequeñas tonterías mías?

– Ah, como que me cojas y me tires a un lado como si fuera un bicho asqueroso, quieres decir.

Dani bajó la cabeza como un perro apaleado.

– No voy a intentar justificarme porque no tengo excusa, pero no lo hice con mala fe. No tuve un buen día…

– ¿No lo pasaste bien con mis amigos?

– Sí, sí, son muy majos. No es eso, son cosas mías que no vienen al caso, pero no quiero que te enfades conmigo. ¿Me perdonas?

– No sé…

Dani trató de abrazarla pero ella le echó dándole un manotazo en la mano.

– No me toques, bicho- le dijo con media sonrisa.

– ¿Qué me has llamado?- le dijo él muy despacio, como una amenaza.

Lúa avanzó un paso hacia él y le miró fijamente desde abajo.

– Bicho- volvió a decir con mirada desafiante.

– Vale, te la has ganado- dijo él lanzándose a por ella.

Lúa gritó y salió corriendo de la cocina, seguida de cerca por Dani. En su carrera de gacela artrítica llegó el sofá del comedor, pero allí su perseguidor la cogió en volandas y se la llevó bajo el brazo como si ella fuera una carpeta. Lúa pataleó y gritó pero de todos modos terminó en la ducha, riéndose y luchando por coger la alcachofa y que dejara de mojarla.

– Joder con tu primito…

Lúa le había explicado toda la historia a Gaby, las dos sentadas en la barra con un cubata en la mano. No había nadie más en el bar y la persiana de la calle estaba medio bajada. Qué bien que la había conocido, Gaby era un encanto de mujer y la única amiga que tenía en Barcelona.

– ¿Qué puedo hacer para asegurarme de que no vuelve a drogarse?

– Pídele que se someta a análisis de sangre periódicos. Dile que haréis el primero en, no sé, quince días, y así le presionas un poco para que se corte con las drogas.

– ¡Qué buena idea! Lo haré, no te quepa duda. Qué buena idea…- Lúa sacudió la cabeza preguntándose cómo no habría pensado en ello antes- ¿Cómo se te ha ocurrido?

Gaby le dio un trago a su cubata.

– Porque yo salí con un tío que se metía de todo. Intenté que lo dejara y al final…- chasqueó la lengua- la cosa no fue bien. Se ponía muy violento. Lo dejamos y ya no he vuelto a saber más de él.

– Joder, qué putada… ¿Ahora estás con alguien?

– No, he decidido que si llego a los cuarenta sola me haré lesbiana.

Lúa estaba bebiendo de su cubata y se le salió por la nariz. Se atragantó y le dio un ataque de risa y de tos a la vez. ¿Por qué elegir cuando se pueden tener las dos cosas?

– No me parece una mala idea…- dijo cuando pudo articular palabra.

– Ya, ojalá se pudiera elegir, pero a pesar de que solo me cruzo con idiotas me gustan los hombres. Es que no escarmiento.

– ¿Sabes qué?- dijo Lúa, filosófica- Nos venden la idea de que tenemos que estar en pareja, de que si no, no estamos completos ni podemos ser felices. Es una estrategia de marketing, como la primavera.

– ¿La primavera?

– No es primavera hasta que lo dice el Corte Inglés.

Gaby se echó a reír.

– Joder, somos guapas, inteligentes, divertidas… ¿Dónde coño está el hombre perfecto, que no viene a por nosotras?

– Se está tomando un café con los Reyes Magos.

– Me cago en la leche…- Gaby chasqueó los dedos con frustración y luego miró el reloj- Cómo pasa el tiempo, es tardísimo. Joder, el último autobús habrá pasado hace mil años…

– ¿El metro no te viene bien?

– Me deja en el quinto pino y tengo que ir andando, y no me gusta porque las calles están muy vacías… Igual me cojo un taxi.

– Vente a dormir a casa- dijo Lúa sin pensarlo.

– ¿A tu casa? No seas tonta, sería una molestia para ti.

Lúa se levantó del taburete y apuró su copa.

– Va, vente, y así ves a Dani y me das tu opinión. Tendrás que dormir conmigo, pero tengo una cama de matrimonio, así que estaremos anchas.

– ¿De verdad no te importa?

– Qué va, además yo vivo aquí al lado.

Lúa ayudó a Gaby a cerrar el bar y se fueron las dos a casa de la primera. Iban un poco achispadas y no paraban de hacer bromas. Solo les faltaba abrazarse a las farolas. Cuando comenzaron a subir las escaleras a Gaby le dio un ataque de risa.

– Si llego a saber que no tenías ascensor me voy a mi casa a pata, hubiera llegado antes.

– ¡Venga, no seas vaga, que así haces ejercicio!

Llegaron a casa a las tantas. Como era entre semana seguro que Sebas y Dani ya estarían en sus habitaciones. Las dos entraron riéndose y Lúa se puso un dedo en los labios e hizo “¡Shh!” muerta de risa pero de poco sirvió. Cuando entraron en su habitación Gaby la miró con ojo crítico. Lúa había cambiado la cortina y había puesto una granate, y había colocado una ristra de bolitas de colores sobre el cabezal de la cama imitando las que tenía su amiga en el bar.

– Qué buen gusto tienes- dijo señalándolas.

También había colgado un pañuelo indio alargado en una pared y tenía un cactus sobre el escritorio.

– De momento me hace de novio en funciones- dijo Lúa haciendo ver que lo acariciaba-. Me  gustan los hombres que pinchan.

Lúa sacó dos pijamas y le tendió uno a Gaby. Era una camiseta gigante y un pantalón corto de chándal.

– Lo siento, mis pijamas son así- se excusó Lúa.

– Es perfecto.

Las dos se cambiaron rápidamente. Gaby señaló las paredes y le preguntó en un susurro dónde dormía Dani. Lúa señaló una pared.

– Así que está ahí, el pequeño cabrón…- dijo Gaby con una sonrisa malvada.

Entonces se acercó a Lúa y le susurró al oído.

– ¿Se oye mucho a través de estas paredes?

– Yo le oí reírse con la zorrona del otro día.

– Podríamos hacer ver que nos liamos, se va a pasar la noche cascándosela- a Gaby se le escapó una risita.

Lúa la miró como si hubiera perdido un tornillo.

– ¿Estás loca?- hizo grandes gestos con las manos indicando una negación gigante- ¡No! No, ¿eh? Gaby…

Gaby soltó un gemido en voz alta y Lúa se tapó la boca con las manos y se dobló por la mitad, muerta de risa.

– Ahora tú.

– De verdad, Gaby, a mí no me sale fingir un gemido…

Gaby se rascó la barbilla.

– ¿Tienes cartas?

– ¿Qué?- Lúa parpadeó, sorprendida del cambio de tema.

– Que si tienes cartas. Una baraja.

– Eh… Sí, en el comedor.

– Vale, ¿tienes hielo? ¿Cubitos?

-Sí…- Lúa estaba muerta de curiosidad.

– Tráelo todo.

– ¿Para qué?

– Ya lo verás…

Lúa obedeció y al cabo de poco volvió al cuarto con un bol lleno de cubitos de hielo y una baraja francesa.

Las dos se sentaron sobre la cama con las piernas cruzadas y Gaby puso la baraja en medio.

– Esto es muy sencillo: cogemos una carta y la ponemos boca arriba- Gaby hizo lo que estaba diciendo-. Un cuatro. Ahora tienes que decir si la siguiente carta será más alta o más baja. Si aciertas, yo me tengo que meter un cubito por dentro de la camiseta. Si fallas, te lo metes tú. Si es del mismo valor, hielo para las dos. Las camisetas van por dentro de los pantalones para que los cubitos no se caigan. Ah, y prohibido mencionar las palabras “frío” y “hielo”. No queremos que sepan por qué armamos jaleo.

– ¡Pfffff!- Lúa se dejó caer de lado en la cama- ¿Y esto para qué sirve?

– Con esto no tendrás que fingir nada. ¡Venga, empieza tú! ¿Más alta o más baja?

– Más alta.

Gaby cogió la siguiente carta y salió un rey. Lúa cogió un cubito y se lo tendió.

– Madre mía, lo que hay que hacer…- Gaby se metió el cubito por el cuello de la camiseta y empezó a gemir y soltar grititos a medida que el hielo iba bajando hasta la cintura.

– Ahora tú.

– Más baja- dijo Gaby.

Salió un seis. Gaby cogió un cubito y cuando fue a metérselo por el cuello a Lúa. Esta se resistió un poco alegando que aquel juego no le gustaba pero al final la rubia logró colárselo por dentro de la camiseta entre risas. Lúa soltó un grito inicial seguido de gemidos mientras el hielo iba desplazándose. Así fueron jugando durante un rato, y terminaron con tanto hielo en sus camisetas que parecía que les hubiera salido un michelín.

– Hala, cómo te pasas- dijo Gaby riéndose ante el último grito de Lúa.

– Ah, ¿sí? ¡Ahora verás!- Lúa cogió un par de cubitos y se los metió por la espalda a Gaby.

Ella se había ido metiendo todo el hielo por el pecho y la espalda no la tenía acostumbrada al frío.

– ¡Ah, me has metido dos, tramposa!- exclamó mientras se retorcía tratando de alcanzar los cubitos.

Lúa se tapó la boca para ahogar la risa.

– ¡Serás guarra…!- siseó entre carcajadas.

Gaby agarró a Lúa por su camiseta y vertió el resto de cubitos por su espalda, haciéndola gritar y reír mientras forcejeaba con ella. Cuando terminaron estaban las dos empapadas de los pies a la cabeza. Lúa se quitó la camiseta y el pantalón, que estaban chorreando, y se quedó en ropa interior.

– Oye, voy a buscar un par de toallas para secarnos, ¿vale?- abrió la puerta y salió- A ver cómo dormimos ahí ahora, la cama está empapada.

– Le damos la vuelta al colchón y mañana será otro día.

Lúa cerró la puerta y se encontró con Sebas y Dani plantados en el pasillo. Elemental, querido Bartolo.

– ¿Qué estáis haciendo aquí?- preguntó ella.

– Yo iba al baño- dijo Sebas rápidamente.

– Sí, yo también- dijo Dani inmediatamente.

– ¿Me dejáis pasar primero? Solo quiero coger una cosa…- Lúa se miró y se dio cuenta de que llevaba puestas unas braguitas y un sujetador de deporte tipo camiseta que usaba para dormir, todo mojado, y nada más. Los chicos no le quitaban ojo. Ella se encogió de hombros- No es nada que no podáis ver si vais a la playa.

Lúa pasó delante de los dos y se coló en el baño. Al cabo de un momento volvió a salir con un par de toallas grandes de baño. Ellos seguían mirándola con los ojos abiertos como platos.

– ¿Pasa algo?- preguntó ella con naturalidad, aunque por dentro estaba luchando por aguantarse la risa.

– No, no, ¿por qué?- preguntó Dani.

– ¿No queríais ir al baño?

– Ah, sí. Sebas, pasa tú primero…

– Oye, ¿quién hay ahí contigo?- le preguntó Sebas sin poder aguantar más la curiosidad.

– Una amiga. ¿Os hemos molestado?- Lúa puso su mejor cara de inocencia.

– No, no, no- dijeron los dos al unísono.

Sebas miró a Dani de refilón y se metió en el cuarto de baño. Lúa volvió a la habitación y al cerrar la puerta se desternilló de risa allí mismo. Le pasó una toalla a Gaby y comenzó a secarse ella con la otra.

– Tendrías que haber visto sus caras- dijo Lúa con la voz ahogada por la risa-. Estaban los dos ahí fuera escuchando como idiotas.

Gaby también se rio.

– Una cosa te digo- dijo señalándola con el dedo-. Si te preguntan, tú niega que ha pasado nada, o no lo niegues, tú misma, pero bajo ningún concepto les digas que todo ha sido una broma para que nos oyeran. Perderías ese halo sexy que acabas de ganarte.

Por la mañana las dos se levantaron temprano y se encontraron con los chicos ya en la cocina, mirándolas expectantes. Gaby se sentó en la mesa y Lúa le sirvió un café con leche.

– Chicos, esta es Gaby, una amiga. Gaby, estos son Sebas y Dani.

– Hola, chicos- dijo Gaby cogiendo una galleta de un paquete que había en la mesa.

– Oye, tu cara me suena mucho- dijo Sebas señalándola- ¿Dónde te he visto antes…?

– Adivina- le dijo Gaby.

Lúa se sirvió otro café con leche y se sentó en la mesa. Miró a Dani, que la estaba mirando fijamente, y le sonrió.

– Dime…- le dijo.

Cómo le gustaba chincharle, era irresistible…

– No, nada- dijo él.

– ¡Ya sé, te he visto en el bar de aquí al lado!- exclamó Sebas chasqueando los dedos.

Gaby asintió aprobadoramente.

– El bar es suyo- dijo Lúa.

– Ah, ¿eres la propietaria?

– Sí, no me gusta recibir órdenes de nadie- dijo Gaby dándole un sorbo al café con leche.

– Ya, a mí tampoco…- comentó Dani en voz baja.

Lúa le miró.

– ¿Qué quieres decir, que la tienda de instrumentos es tuya?

Dani asintió.

– Se llama como yo, ¿no te habías fijado? Instrumentos Costa. Yo me llamo Daniel Costa.

– Bueno, yo tengo que marcharme ya- dijo Gaby-. Lúa, muchas gracias por dejarme pasar la noche aquí.

– Un placer- dijo Lúa terminándose su galleta.

Gaby se rio y volvió a su habitación. Sebas y Dani fulminaron a Lúa con la mirada. Ella se terminó el café con leche haciendo ver que no pasaba nada, aunque notaba en la cara el impacto de aquellas miradas como si le hubieran tirado los ojos con la mano.

– Bueno, ¿no tienes nada que contarnos?- preguntó Sebas al fin, en voz baja.

Lúa le miró como si no le comprendiera.

– ¿Te has enrollado con ella?

Ella se levantó de la mesa y se marchó riéndose.

– Tienes la mente muy sucia…- dijo al salir.

Gaby ya se había vestido cuando entró en el cuarto.

– Así que un placer, ¿eh? ¡Qué mala eres!

– ¿Has visto sus caras? ¡Están flipando! Esto va a traer cola…

Gaby la miró, conspiradora.

– Ya te digo yo que esta noche se la han cascado un par de veces pensando en lo que estaba pasando aquí dentro. Cola, ya ha traído.

– ¡Hala, qué burra eres!- se rio Lúa- Bueno, ¿qué te parece Dani?

Gaby terminó de ponerse bien el cuello de la camisa.

– Qué mono es, nena, si tuviera diez años más tú y yo tendríamos un problema. Es totalmente mi estilo. Por la forma en que te mira parece que le gustes pero, claro, ahora está obcecado con que eres bisexual… Bueno, cariño, ha sido una noche inolvidable pero tengo que irme. Nos vemos en el bar.

Lúa la acompañó a la puerta y le dio dos besos.

– ¡Nos vemos!

Al volver a la cocina, Lúa notó que los dos se callaban en seco al acercarse ella. Cuando sentó la miraron fijamente.

– ¿Por qué me miráis así?- dijo ella al fin.

– ¿Eres lesbiana?- le preguntó Sebas directamente.

– Joder, Sebitas, parece que no me conozcas… ¡Claro que no!

– Entonces, bisexual…

Lúa puso los ojos en blanco.

– No ha pasado nada… ¿Nunca habéis pasado la noche con otro chico?

– No- respondieron los dos al unísono.

– Bueno, pues eso que os perdéis. A mí me encanta pasar la noche con un chico…

Sebas se levantó de la silla.

– Joder, Luíta, hoy me has sorprendido de verdad. Eres una tía de puta madre. ¡De puta madre…!- Sebas desapareció por el pasillo sacudiendo la cabeza.

Dani también se levantó de la silla.

– Bueno… Yo también me voy a trabajar.

– ¿Te veré para comer?

– Sí. Nos vemos luego.

Capítulo 8

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