Cuentos para no dormir

Nunca me había fijado en lo inquietante que es la típica nana de toda la vida:

“Duérmete niño, duérmete ya,

que viene el Coco y te comerá.”

¿Tú podrías dormirte sabiendo que viene un bicharraco babeante a comerte? O peor aún, ¿te imaginas que aparece Coco a las 3 de la madrugada y comienza a explicarte la diferencia entre “cerca” y “lejos”? Y venga a correr hacia delante y hacia atrás, y tú ahí, con los ojos hinchados…

Vamos, es tanto como que te llamen por teléfono y una extraña voz masculina (muy sexy, por cierto…) te diga que va a matarte ahora mismo, y tú cojas y te empiltres. Luego llega a casa el psicopatilla de turno y te encuentra roncando. ¡Así no se puede trabajar, esto es una falta de respeto! El pobre, desquiciado, termina emborrachándose en algún oscuro tugurio mientras el de la barra le anima: “Pero claro que das miedo. Mira, yo estoy acojonado”, dice mientras seca un vaso con el trapo. “A lo mejor tendrías que probar algo nuevo, no sé, di que eres inspector de Hacienda y que vas para su casa, eso sí que acojona. Tienes cara de inspector”.

Al psicópata se le ilumina la cara. “¿Tú crees?”, pregunta con los ojos llenos de esperanza. Y se va corriendo a prepararse bien el temario, que las oposiciones para inspector de Hacienda están muy chungas.

Luego están esos cuentos infantiles, que más que alegrar el corazón te meten el canguele en el cuerpo y te lanzan mensajes inquietantes. Caperucita Roja, por ejemplo. Es evidente que una niña no debería ir sola por el bosque vestida con una provocativa caperuza roja que sólo le cubre hasta el tobillo. En el cuento le sale un lobo al paso (me pregunto por qué se pone a hablar con ella en lugar de soltarle una dentellada en el cuello y punto), pero lo mismo podría salir el toro Ratón, y ése no pierde el tiempo con presentaciones protocolarias. Antes de que Caperucita tuviera tiempo de decir: “Coño, un toro de la ganadería de…” ya le habría corneado el costillar tres veces. Luego está la incongruencia de que un lobo se disfrace de abuelita en horas de trabajo. Me parece muy respetable que el lobo sea travesti, pero no me parece normal que esté esperando a su presa y comience a probarse las bragas-faja de una mujer mayor. Me parece poco respetuoso por parte del lobo, y está avergonzando a sus padres y amigos, así no se hace un trabajo limpio. Luego Caperucita le confunde con su abuela, eso reafirma la teoría de que el lobo es un travesti, va todo depilado… O la abuela tenía un problema grave de pellas, peor que el Algarrobo. Y el colofón final, aparece de la nada un leñador, al más puro estilo Assassin’s Creed con camisa de cuadros, y le hace un certero corte con el hacha a un lobo en pleno salto que le raja de arriba abajo pero que no le hace ni un rasguño a la abuelita, que está dentro (que está dentro despelotada, ¿no? Si el lobo lleva su ropa… El leñador, al verla, vuelve a coser al lobo con ella dentro), ¡qué bueno es, el tío! Es como el cirujano plástico de la Preysler con hacha. ¿Y cómo es que está entera la abuelita? ¿Se la ha comido un lobo o una boa constrictor? Para tragarse entera a una mujer que sólo se alimenta de bizcocho, leche y chocolate hay que abrir la boca más que Jim Carrey en “La máscara”.

Otro día os hablaré de “Los tres cerditos y el Pocero”, una fábula sobre la burbuja inmobiliaria.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en ¿Por qué a mí? Diario de una escritora, Uncategorized y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s